NO hay duda. Michael Phelps es superior a Mark Spitz por mucho que nos guste la nostalgia. El progreso existe. Maradona fue mejor que Di Stéfano. Y con Nadia Comaneci no se acabó la gimnasia. El deporte es hoy un millón de veces más competitivo que antes. Y Spitz no resiste la comparación con el pez de Baltimore. Phelps ya ganó seis oros y dos bronces en una Olimpiada, Atenas 04. Cierto es que quedó a una medalla de las siete de Spitz en Múnich 72. Pero los expertos subrayan que el judío de bigote sólo participó en dos estilos muy parecidos, libre y mariposa, y ganó tres medallas en los relevos de la época, que eran un paseo para los norteamericanos. En Atenas, Phelps sumó oros en todos los estilos e igualó con dos bronces, las ocho medallas que son récord en una cita olímpica. Ahora Phelps en el Mundial se ha colgado los siete oros de Spitz. No era una Olimpiada, pero ha logrado cinco récords del mundo y no ganó el octavo oro por un error de un compañero. Phelps es un personaje curioso. Calza un 46 y mide 1,95, con 88 kilos de peso. No es un prodigio físico como Spitz o Thorpe. De crío no le gustaba el agua. Empezó tarde. Spitz, a los dos años. Phelps, a los 7 por influencia de sus hermanas. Una de ellas campeona de Estados Unidos, que se retiró por una lesión en la espalda. Y no se le tomó en serio hasta los once años. Hay dos leyendas sobre Phelps que llaman la atención. Se metía en la piscina para no oír las discusiones de sus padres, que terminaron separados. Y dicen que en los últimos siete años sólo descansó siete días. Le bautizaron como depredador, bala de Baltimore, tiburón de Baltimore, niño prodigio... Dejó los estudios para dedicarse a ser un pez en el agua. Pekín zanjará las apuestas. ¿Podrá Phelps colgarse los siete u ocho oros olímpicos? Con 15 años ya fue a una Olimpiada. Come ocho huevos fritos como desayuno para recuperar el peso que pierde entrenando. Escucha rap y tiene una ranchera tuneada. Es introvertido. Sólo habla en el agua. Contra el crono. Un pez para la historia.