DE MIS TIEMPOS de estudiante de derecho recuerdo bien el artículo 1.532 del Código Civil que, con una literatura críptica para los profanos en la cosa, describía los efectos de un tipo especial de compraventa: la consistente en vender alzadamente o en globo (¡maravilloso lo del globo!) la totalidad de ciertos derechos, rentas o productos. La calificación del Código Civil describe a la perfección el tipo de oposición por la que, de un modo ininteligible, se ha decidido el Partido Popular frente al Gobierno socialista. Oposición alzadamente o en globo, desde luego, porque el PP parece haber renunciado a vender -es decir, a razonar- todos y cada uno de los productos que componen su oferta opositora, englobándolos en consignas generales de desautorización universal. Así, nadie en el PP se ha considerado obligado a dar cuenta de las docenas de motivos concretos perfectamente defendibles y demostrables que hacían del Estatuto catalán, además de un bodrio jurídico, un disparate político que venía a dinamitar el Estado de las autonomías y a establecer en su lugar un modelo preconfederal de viabilidad poco menos que imposible. No señor: el Estatuto se ha presentado, sin más aclaración, como el final de la unidad política de España. Del mismo modo, el giro radical del Gobierno Zapatero en la política antiterrorista no ha sido reprobado por el PP por sus riesgos evidentes -algunos ya hechos dramáticamente realidad- y por un oportunismo indigno de quien se enfrenta a un problema de tal envergadura, sino vituperado por la supuesta entrega del Gobierno a una banda terrorista. Algo que nadie, salvo la derecha más sectaria, puede aceptar si no se aportan pruebas irrefutables de una acusación de tan extrema gravedad. Machacar mensajes exagerados hasta hacerlos increíbles: esa es la oposición por la que ha optado el equipo dirigente del PP. Lo que resulta estúpido, además de inexplicable, visto que existen muchísimas razones por las que las dos joyas de la corona de la legislatura socialista -reforma territorial y lucha contra ETA- pueden ser dura y seriamente sometidas a censura democrática. A salvo, claro, de que las próximas elecciones generales pudiesen demostrarnos lo contrario, todo hace pensar que la oposición del PP está siendo tan desafortunada para sus propios intereses (no hablo ya de los intereses generales del país) como para creer que sólo la errática política dirigida por Rajoy permite al Gobierno conservar gran parte de un apoyo popular que, con otra oposición más serena y más inteligente, hace mucho que hubiera cruzado, por primera vez o de nuevo, la frontera.