Pacifistas a la violeta

| INOCENCIO F. ARIAS |

OPINIÓN

EL ANIVERSARIO del inicio de la guerra de Irak ha producido manifestaciones en algunos -no demasiados- puntos del globo. En España, ¿cómo no?, parece que han sido de las más frecuentadas. Ha habido más gente que en Estados Unidos, lo que resulta chocante y puede ser interpretado de diversas maneras. Según algunas versiones, en Madrid acudieron a protestar más de 400.000 personas. Aunque, como muchos organizadores de manifestaciones exageran más que un golfista mentiroso, podríamos reducir la cifra y especular con que asistieron unas 120.000 personas. ¡Aun así, son más que las que juntas tomaron parte en las protestas de Washington (20.000), Los Ángeles (7.000) y Chicago! Que pasados cuatro años de la invasión en nuestro país pueda movilizarse más gente que en una nación de 300 millones de habitantes que hace tiempo se desencantó de la intervención -el 59% piensan que fue un error iniciarla-, en donde el Congreso se mueve, en consecuencia, para acortar la intervención y que ha sufrido ya en sus carnes la espantosa cifra de 3.210 muertos en combate y más de 20.000 heridos, hace reflexionar. La realidad tras esta paradoja es que el español se llena de santa indignación y se moviliza en ciertas guerras, normalmente aquéllas en que se puede culpar a Estados Unidos, y permanece totalmente indiferente ante otras tan devastadoras como las primeras. Esta curiosa conducta está extendida en el mundo occidental, pero en nuestro país es muy acusada. Los ejemplos son abundantes: en Darfur, en Sudán, sigue la barbarie; han muerto 250.000 personas y hay dos millones de refugiados, está ocurriendo ahora: ¿Dónde está nuestra indignación, nuestro activismo? En Ruanda mataron a machetazos hace años a 800.000 en tres meses. ¿Dónde estaban las pancartas ante un genocidio tan espantoso? Podríamos seguir. Nuestro pacifismo es, por lo tanto, selectivo y clasista. El principal ingrediente de esa selectividad es el antiamericanismo. Si se puede achacar a la política de Washington la responsabilidad de un hecho, nuestra santa cólera despierta con fuerza. Si están muriendo miles de seres humanos y no se puede culpar al gigante americano, nuestra indignación permanece voluntariamente ignorante, aletargada. Los seres humanos que no se pueden poner en el debe de Estados Unidos valen mucho menos. Infinitamente menos. El segundo ingrediente de nuestro hermoso pacifismo es la política interior española. El lamentable calvario que sufre Irak nos sirve, al manifestarnos, para el juego político español, denostando al Gobierno de la época. Trae réditos políticos. Si Aznar no hubiera estado en las Azores y, en cambio, se hubiera podido, de alguna manera, unir su nombre al de Estados Unidos en la hecatombe de Ruanda, el aniversario de esa masacre sería airadamente conmemorado en España con pancartas. Pacifismo selectivo. Hay un no a la guerra y otro no a la guerra distinto. Mientras tanto, en Irak, donde los insurgentes no vacilan ni en tirar bombas contra el secretario de la ONU, una encuesta seria da un resultado esquizofrénico. A la mayor parte de la población no le gusta la presencia estadounidense, un 51% ve legítimo que se les ataque, pero otro 65% no quiere que se vayan todavía. Contradictorio e increíble.