El juez y el gudari

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

HACE YA siglos que Maquiavelo constató que «entre un hombre armado y otro desarmado no hay comparación posible». Nada parece haber cambiado entre nosotros; el Estado en España no es el Leviatán que quería Hobbes para neutralizar los poderes absolutos de los señores de las armas; ni detenta el monopolio legítimo de la violencia que señalaba Max Weber como rasgo esencial de los Estados modernos. Es lo que habrán pensado los jueces ante el paripé de la comparecencia del portavoz de Batasuna ante la Audiencia Nacional. El mediocre cantor de las hazañas terroristas contra las personas más indefensas de un pueblo desarmado había mirado el parte meteorológico, consultado los mapas de carreteras y decidido elegir la ruta cerrada para mofarse del poder supremo de esta España en almoneda. Su abogada y el fiscal se presentaron al unísono ante el tribunal, sin la toga reglamentaria, en vestimenta informal; el acusado no podía presentarse debido a las inclemencias del tiempo. No importaba que la autopista, ancha como Castilla, estuviera abierta y transitable; nada está escrito contra el derecho del imputado a elegir el camino más largo hacia el estrado. Con delicadeza inusual, los ministerios públicos dispusieron un aeroplano particular para trasladar al gudari desde su patria natal a la sede del tribunal. No utilizaron el más económico avión comercial del norte: paga el contribuyente y no fueran a producirse altercados a bordo; ni que se perturbara la sensibilidad del imputado al desembarcar por la T-4, de tan infaustas remembranzas. Finalmente Otegi llegó, declaró y venció. Nada había contra él, la fiscalía reconsideró el carácter de su elegía funeraria ante una compañera caída que no pudo matar a gente inocente por su propia impericia terrorista. La estimó inocua, opinática, casi un ejercicio de la libertad de expresión ante el dolor de una amiga. Seamos humanos en España, patria oportunista del Quijote; los terroristas son molinos de vientos, enterremos selectivamente este pasado. Los togados contuvieron la indignación; recordaron su trayectoria de hincar el codo con leyes, reglamentos y principios generales del derecho; también la memoria de los caídos por saciar el hambre y sed de justicia del pueblo; y, sobre todo, las víctimas olvidadas a las que nadie les dedicó una épica fúnebre. Justicia para el fuerte, comprensión para el armado. La ciega balanza del derecho ha sido secuestrada por los señores de las urnas y las conciencias mediatizadas. Pero, al igual que Galileo siglos antes, el juez no resistió un arrebato de conciencia y sentenció para que todos lo supiéramos: era culpable, así lo hubiéramos declarado si se nos hubiera dejado hacerlo. Todavía hay esperanza.