«Y LA CIUDAD cambia su indumentaria, desnuda el invierno y descubre el contorno de los cuerpos que se visten de domingo, y en los escaparates hay un nosequé de memoria campesina y granjera, como de heno y vetiver, de azahar y Sevilla, de fiesta y de falla, de cruces de mayo en patios cordobeses, de estación Termini y de gozos, y el cronista se transmuta en paseante y contempla y piensa cómo hacer de las tardes una frase escrita despaciosamente y aprende a deletrearla o casi y bobalicón y torpe se sienta a ver pasar la vida, el caminar insolente de todas las muchachas mientras rebusca en el archivo de la memoria estampas repetidas que cada año se suceden. Y como sucede cada año, a traición, anunciada en los calendarios y en el corazón de los hombres, pregonada por los altoparlantes y las megafonías, caminando por todas las veredas, bajando de la sierra, huyendo de los fríos del invierno, como cada marzo, llega, ya está aquí la primavera. Sucede cada año...». Así terminaba, así debería terminar mi colaboración de la pasada semana, que se publicó amputada a causa de enredos que va tejiendo la red cuando fiamos el destino de las palabras a las nuevas tecnologías. Antes las culpas las llevaban los duendes de imprenta, que hace algún tiempo se mudaron a vivir a las ciudades de la fibra óptica y a las residencias on line de los más duros de los discos. Les debo esta reparación al tiempo que les agradezco que algunos de ustedes se hayan percatado de que algo faltaba y me lo hicieran saber en correos y llamadas. Tenían razón y me disculpo por aparentar insolencia o ebriedad pues ya no está uno para tripis ni piruetas literarias. Quería contar que ya estaba entre nosotros la primavera, pero el clima es obstinado y basta que proclamara su advenimiento para que se desataran las furias de los vientos, se desprendiera el granizo del cielo y volvieran los fríos de invierno. No hay duda de que la primavera quiso esperar por este artículo que corrige las carencias del primero. Escribir la crónica de la primavera en vísperas de su arribada es como dibujar en el aire el vuelo de los vencejos o interpretar a Vivaldi únicamente con percusión. O sea, un vano intento. Yo quería dar cuenta y razón como un fedatario de la luz de estas jornadas, de la ceremonia de las noches que menguan, de un paisaje recién iluminado. Sucede en ocasiones que, en llegando este tiempo, las hormonas de los hombres y de las máquinas se desgobiernan y suceden casos como el que nos ocupa, y yo les mando mis disculpas envueltas en los colores y en los olores de la primavera mientras veo cómo llueve bajo el sol de esta tarde de marzo que constata que por este lado del mundo ya es primavera. Sucede cada año.