HAY UN aforismo que dice que la dignidad no tiene precio, y no es cierto. No estoy hablando de una cifra cuantificable, ya que éste no es un artículo acerca de las políticas de urbanismo de las zonas costeras. El precio de la dignidad es muchas veces la propia carrera, el fruto de tantos sacrificios y noches en vela. En este caso lo paga una mujer por serlo. Josefa Rodríguez era la concejala de Atención Ciudadana y Consumo del Ayuntamiento de Huelva. Creía estar haciendo bien su trabajo. Había luchado mucho para conquistar un puesto de responsabilidad. A todo renunció con una dimisión forzada por su propia dignidad, el precio que ha debido pagar por seguir llevando la cabeza bien alta. Josefa apunta con el dedo a la misoginia del alcalde del PP, Pedro Rodríguez. A todos los efectos da igual de qué partido sea, baste saber que es un machista, como bien claro ha dejado Josefa con su renuncia y su denuncia. Para conseguir esta cuota de pantalla, Josefa ha tenido que ponerse en la picota con su dimisión, lo que es lamentable. También es coherente, podríamos argumentar. Nadie creería a una concejala que señala a su alcalde sin dimitir. Pero la propia coherencia de la vida -su final- no hace éste más deseable o justo. Josefa va a seguir como edil en el consistorio, dentro del grupo no adscrito, y renunciando a su sueldo y a su militancia en el PP. Josefa dice que ha reflexionado mucho sobre su decisión, ya que ha creído siempre que el servicio a los demás está por encima de todo. Por eso ha apostado por señalar que ella no es una mujer florero con un sacrificio que revela su propia vocación de servicio público. Cuando lo fácil es callar y la dignidad hace tambalear la propia cabeza sobre los hombros, ese paso adelante es territorio de valientes, los últimos centímetros de la libertad. Enhorabuena, Josefa. No todo está perdido.