EL PRESIDENTE de la Generalitat de Cataluña, José Montilla, acaba de cumplir sus primeros cien días de gobierno. La única oposición con peso especifico, la de CiU, lleva cien días acusándolo de gobierno gris, mediocre, de simples gestores cuya pretensión estriba en que los catalanes se olviden de que, ante todo, son nación soberana. Dicho de otro modo: puesto que Montilla está gobernando bien, con un equipo entregado a escanear problemas de la ciudadanía y a trazar soluciones coherentes que rectifiquen el retraso en el que nos sumió CiU en todos los ámbitos, éstos, desde una oposición que no han digerido ni admiten, a saber si por creerse que la democracia y ellos son una unidad indestructible, no hacen otra cosa que organizar vagos discursos descalificadores, manipulando el fondo de la realidad estatutaria o sirviéndose de cualquier pretexto para recordar, a una Cataluña que presumen uniforme, que la izquierda está en el poder por un extraño e incompresible error de la historia. A la manera de lo que ocurre con el PP en Madrid, desde el inicio del Gobierno Zapatero, pero pasado por el tamiz del carácter catalán, en general más templado, los nacionalistas consideran que bajar del poderoso pedestal del que se creyeron -y todavía se creen- amos y señores para sentarse en las sillas de la oposición es una humillación que pide a gritos venganza. Como demuestran desconocer que la venganza requiere años de construcción silenciosa, secreta, se sirven de acusaciones pueriles que sólo contribuyen a debilitar la conciencia democrática. Durante años, CiU se dedicó a enmascarar su incapacidad para gestionar la nueva realidad de la globalización -deslocalización de empresas, inmigración, necesidad de nuevas infraestructuras que nos conectaran con el resto del mundo, nuevas políticas para la corrección de las abismales desigualdades que campaban como zombis por las esquinas catalanas y que han alimentado el temor y la fragilidad de los ciudadanos-, regalando caramelos como el temido señor de los parques o multiplicando escenarios donde aclamar sus odas a la patria. Dejando en el paréntesis que le corresponde, y que los años obligarán a analizar con una perspectiva más iluminada, los tres años de Gobierno Maragall (al que no se le puede negar que abrió paso para que su sucesor enmendara el retraso y empezara a trabajar para que Cataluña estuviera a la altura de las necesidades del siglo XXI), los últimos quince años de CiU en el Gobierno catalán han sido culpablemente decisivos para que hoy el escenario se configure como un articulado de remiendos que estallan al menor roce: aeropuerto de tercera, trenes de cercanías que no funcionan, desestabilización económica, pérdida de empleo, etcétera. Los voceros se apresuran a señalar culpable del estropicio al actual presidente en un intento desesperado de forzar la desmemoria y de dejar el terreno abonado para la intriga. No obstante, en lo que ellos llaman mediocridad -Montilla responde con hechos y no con frases simplonas-, radica la inteligencia de estrenado gobernante, y es lo que el ciudadano aprecia. CiU perdió algo más que las elecciones: ha perdido el norte.