Mil euros

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

CUANDO se habla de una generación de mileuristas estamos refiriéndonos únicamente a jóvenes universitarios que ingresan en el mercado laboral por la puerta, más o menos, grande. Ser mileurista es una reivindicación para los que se han quedado en el segmento que no alcanza los ochocientos euros por una jornada de trabajo que supera las más de las veces las ocho horas diarias. Y como soy muy dado últimamente a las estadísticas divulgativas, tengo que subrayar con el lápiz rojo de la evidencia el dato que da cuenta de que en Galicia más de 650.000 personas ingresan menos de mil euros cada mes. Y no se refiere la cifra a los pensionistas como único colectivo. Así está el patio. Frente al desmesurado incremento de los precios desde que el euro se implantó con su juego perverso de equivalencias y se fueron redondeando al alza los precios medios -un café en Madrid cuesta entre 1,20 y 1,30 euros y el humilde sándwich mixto, 7-, los salarios han iniciado un camino presidido por la contención. Un rapaz de Viveiro, pongo por caso, con contrato indefinido en una empresa local, con 25 años, casado y con unos ingresos de 900 euros líquidos, que para mi pueblo es algo más de un sueldo medio, no puede, sin que su mujer trabaje, adquirir un piso que tiene un precio, tirando por lo bajo, en torno a los 200.000 euros. Vivir con mil euros es un reto y una aventura, y para muchos chavales una aspiración. Ser funcionario sigue siendo la tarea mejor valorada entre los jóvenes gallegos, aclimatados por tradición familiar y por ese espíritu conservador que nos caracteriza, a vivir bajo el paraguas protector del Estado, bien sea en forma de trabajo estable o de subsidio; los funcionarios de base están en la frontera salarial de los mil euros, mil menos que un oficial solador, encofrador o fontanero, que son profesiones no reivindicadas por nuestra mocedad. El mileurismo es una enfermedad del sistema, leve, pero enfermedad; la gravedad tiene fijada su patología en seiscientos euros, que es el salario más común en empleados de comercio y en el sector de la hostelería -propinas aparte-, y el estado terminal esta en ganar al mes menos de seiscientos euros, que, pese a que resulte increíble, es lo que cobran al mes muchos miles de gallegos. La cultura del euro comienza ahora, cinco años después de su implantación, a golpearnos con saña y la libertad de precios es una agresión al universo consumidor, porque nunca se debe confundir la libertad con el capricho, lo normal con lo aleatorio. He contado, y lo recuerdo ahora que un café en una terraza parisina de los Campos Elíseos y en una de Viveiro prácticamente cuestan lo mismo. Créanme. Se lo aseguro