José Ignacio de Juana Chaos

| VICTORIANO CRÉMER |

OPINIÓN

08 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

POSIBLEMENTE el titular de este nombre, José Ignacio de Juana Chaos, sea el individuo, el personaje, el vecino que más insultos haya recibido a lo largo de su contradictoria manera de entender la vida y la muerte. Y por sus propias aventuras y por su especial manera de entender la verdad, la justicia y la cultura, ha sido puesto en la picota, inscribiéndose cuando menos la mitad de la población española entre los que desean fervientemente su muerte. Pero nos preguntamos los del barrio bajo: ¿es realmente la muerte lo que desean que se ejerza? ¿Pero qué clase de muerte? Este singular personaje de la historia amarga de la ciudad, de la región o del país ha sido juzgado y condenado por la muerte a mano airada y vengativa de veinticinco víctimas, ninguna de las cuales, se supone con fundamento, le había hecho ninguna de esas injurias que alimentan el rencor más sangriento. Probablemente este verdugo obedecía a impulsos engañosamente considerados como ideológicos, cuando nunca, en ningún caso, la ideología, sea ésta la que sea, puede justificar una muerte, cuánto menos veinticinco. En el fondo oscuro de muchas almas se agita el deseo de matar al que se juzga promotor de muerte. Y tampoco se sabe exactamente por qué, salvo que las muertes producidas por el condenado justifiquen la muerte que dicte la ley humana, por muy legal que sea. Decía el poeta: «Vivir es bueno, todavía», porque la vida es siempre un regalo, un privilegio, una gracia que se nos concede, frente al acto de la muerte que es siempre una sombra, una mancha, un borrón moral para aquél que la impone o que la aconseja. Este villano, en huelga de sí mismo, se declaró agresivamente contrario a la vida y buscó la muerte, no para disfrutar de un bien, de una gracia, sino para vengarse de una sociedad que, al parecer, no lo aceptaba tal como se proponía a la sociedad. La sabia naturaleza tiene perfectamente dispuestos los momentos, los trances, los motivos que producen la muerte, sin que el ser humano, airado, tenga necesidad de influir para que la muerte se produzca. Yo no entro en la zona complicada de la ley, de lo obsceno, de lo criminal ni por supuesto de los derechos que acompañan al ser humano por el mero hecho de vivir. Posiblemente la ley, los jueces, los ejecutores profesionales, tengan fundamentos para rodear la peripecia de la vida-muerte de este individuo del ácido atormentado que lo envuelve, pero quizá sea obligado escuchar algunas de las pláticas que se han sostenido, apelando al derecho de vida que acompaña a toda persona, aunque ésta sea portadora de muertes infames. Y es que, señora, los que formamos parte de la nómina general de este mundo debemos estar hasta la coronilla del alma de tantísima muerte como se practica, unas veces por razones legales y otras por impulsos criminales, para no acogernos a la ley de la vida amenazada. Este encarcelado también tiene derecho a la vida. Como aquellos veinticinco a los que él sacrificó.