El ladrón de Bagdad

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

LA ANUNCIADA conferencia de Bagdad puede atender a varios tipos de razones, casi todas subjetivas y ninguna alejada de un cierto ideal ilusionista. En Oriente Medio nunca ha habido una realidad que dejara de ser hipotética, ni se han podido establecer otras hipótesis que las dictadas por la ilusión. Conviene no olvidar que se trata de una tierra atravesada por las fantasías de Simbad el Marino y con un espacio aéreo al que no son ajenas las alfombras voladoras, sujeta a los tejemanejes más propios de un mercado persa y a las argucias de El ladrón de Bagdad. Como todo es, además, polifacético y versátil, este ladrón puede ser el de la versión de Douglas Fairbanks rodada en 1924, el de la película dirigida en 1929 por Michael Powell, o el de la interpretada en 1961 por Steve Reeves. Ninguno, sin embargo, tan en su papel como el actual inquilino de la Casa Blanca, cuya consideración nos devuelve al grupo de las razones subjetivas. Bush, que entró en esa Casa Blanca con el paso cambiado por las sospechas de una manipulación del voto electoral, y se metió luego en Irak por los no mejores pasos de la mentira y la tergiversación, busca ahora el modo de abandonar la Presidencia de los Estados Unidos con la cara medianamente salvada al cabo de un desastre en el que cantó victoria cuando aun debía estar rezando al Señor Dios de los Ejércitos. Y como en Oriente Medio no hay metedura de pata que no lleve al crecimiento de los enanos, la pregunta más inmediata es: ¿se encuentran los Estados Unidos en condiciones de añadir a sus conflictos vigentes un choque frontal con Irán? La respuesta: no. Nadie lo está, sobre todo si se pretendiera llevar ese choque a sus últimas consecuencias. La guerra en el siglo XXI más bien parece ser un fenómeno del que, una vez implicado en él, nadie puede salir, bien porque las fuerzas se le hayan acabado al entrar, bien porque el fenómeno no encuentra su modo de acabar y dirimir un resultado. No hay, entonces, perdedores, no hay ganadores, la victoria se esfuma y la derrota se vierte del lado de quien primero abandone el tinglado, a menos que encuentre una excusa presentable para su mutis junto con un calendario justificable para su abandono. En cuanto al resto, va llegando la hora de que le puedan echar las culpas a otro.