MI PADRE es capaz de llevarle el pulso a un tractor, pero yo no heredé esos bíceps que tanto me gustaba admirar de pequeño. Así que, a falta de fuerza, cuando me retan y no hay cómo escaparse, utilizo todo tipo de estratagemas para no quedar demasiado mal. La más sencilla consiste en resistir, sobre todo, si el otro no es demasiado fuerte o está tan poco acostumbrado como yo a echar pulsos. Basta, en esos casos, con frenar la primera embestida sin ceder un milímetro y poniendo cara de que apenas adviertes que el otro está empujando. Incluso, a veces, cuando ya me estoy dejando la última fibra del último músculo en el esfuerzo, pregunto: «¿Empiezas tú o empiezo yo?». Resulta demoledora esa frase de pura propaganda, en especial si el contrincante es un tipo joven e inexperto. Les entra la risa, se ponen rojos por el esfuerzo y la vergüenza, aflojan como consecuencia de todo eso y, cuando noto que ceden, ¡plaf!, un golpe seco que, si no resulta ganador, al menos deja al contrario en una posición irrecuperable. Por supuesto, nada de eso funcionaría en un pulso con mi padre, así que los evito con bastante éxito desde hace muchos años. La verdad es que él, que lo sabe, tampoco me ha propuesto nunca un ejercicio de esa clase. Ni a mí ni a nadie: no va echando pulsos por ahí, porque sabe que se ganan o se pierden, pero nunca sirven para nada bueno. Ni siquiera en el ámbito familiar, porque al final alguien se siente humillado o demasiado ganador (hay mucha gente que no sabe ganar y, cuando lo hace, se refocila en el gesto final en lugar de refugiarse en la sobriedad y la discreción). Total, que no sé por qué les cuento esto. Quizá porque hay gente que nunca debería echar pulsos ni, desde luego, aceptarlos. Pero si se equivocan y entran al juego, no pueden perderlos. pacosanchez@lavoz.es