Otro borrón para la Ciudad de la Cultura

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

23 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

ACABO de leer en la prensa los resultados de una reunión profesional sobre la marcha de los centros de arte contemporáneo. Las conclusiones son sustanciosas para nosotros. Por un lado dicen que obedecen más a proyectos políticos que a necesidades sociales, y por eso nunca funcionan. Segundo, que es un formato de museo que ha perdido atractivo y correlativamente una caída de visitantes, como alguna vez ya había anunciado yo aquí con ocasión del museo bilbaíno. Y en tercer lugar, que los grandes emblemas mundiales (Tate Gallery, Pompidou, Reina Sofía, MOMA) están afectados por la crisis. En contraste, los grandes o medianos museos con colecciones mixtas siguen aumentando su atractivo. Y otro tanto cabría decir de la arquitectura de márketing como atractivo turístico o como creadora de imagen. Hemos de convenir que, tras los años transcurridos, sólo alcanzaron permanencia y simbolismo unos pocos de los edificios culturales del siglo XX: la ópera de Sídney en primer lugar, los Guggenheim de Nueva York y Bilbao, el Centro Pompidou de París, y tal vez algún otro que se me escapa. Atrás quedan muchos, cada vez más, que no han logrado el éxito previsto. Se trata en todo caso de un recurso de discutible eficacia. ¿Quién nos asegura que el proyecto de un arquitecto sin obra como Eisenman puede lograr el valor que se le supone y que, de momento, solo él defiende? ¿Y si no fuera así? Por eso si los nuevos contenidos que se le atribuyen son modelos en revisión, si la fórmula arquitectónica es cada vez más discutida, y si en este caso las proporciones son descomunales en comparación con cualquiera de los otros, entonces, si todo esto es así, habrá que seguir siendo crítico con el proyecto. Más aún cuando se acosa a la recién creada fundación para promover la sociedad del conocimiento, con la tarea de sacarlo adelante. Al final no tendremos dinero, ni tendremos sociedad del conocimiento, ni tendremos contenidos válidos. Sólo diré que, para mí, el problema no es que se haga una obra emblemática en Santiago; lo que me sobrecoge es lo gigantesco y lo costoso del proyecto. Eso es lo que hay que remediar; porque, además, el gigantismo no añade valor. También Sevilla en su época dorada quiso construir la catedral más grande del mundo y no por ello hizo la mejor. No es un problema de escala, sino de inspiración.