EN GALICIA funcionan alrededor de medio millar de escuelas que escolarizan a alumnos del segundo ciclo de educación infantil, de 3 a 6 años, y/o del primero de primaria, de 6 y 7 años. Estos centros docentes están normalmente ubicados en los edificios que acogieron hace ya bastantes años, antes de su concentración en colegios, a las escuelas unitarias o graduadas. También funcionan en instalaciones cedidas por los ayuntamientos, que se habilitan para este tipo de enseñanzas. Dos son las principales razones de la existencia de estas escuelas: evitar el desarraigo que supone para niños tan pequeños tener que desplazarse y pasar gran parte del día lejos de sus casas y el hecho de que los alumnos de 3 años no puedan subirse a los autobuses, por obvias razones de seguridad. El próximo curso entra en vigor, en su totalidad, la normativa de ámbito nacional que regula la seguridad en el transporte escolar y de menores; tendrá que generalizarse la figura del acompañante en los vehículos, con lo cual todos los alumnos de educación infantil, incluidos los de 3 años, podrán utilizar este servicio. Esta posibilidad, que suele llevar implícito el derecho al comedor escolar, está resultando ya muy apetecible para un gran número de familias que, por razones laborales o de otra índole, prefieren que sus hijos coman fuera de casa. Nace así un problema de difícil solución. Desde un punto de vista estrictamente legal, los padres pueden matricular a sus hijos en el centro docente que quieran, siempre que haya plaza. Pero si dispusiesen de una escuela al lado de su casa, no tendrían derecho a los servicios de comedor y transporte en el correspondiente colegio. Por razones de armonización de la vida laboral y familiar puede permitírseles utilizar éstos, pero entonces muchas escuelas se van a quedar sin matrícula y, como consecuencia, tendrán que cerrarse. Lo que beneficia a unos padres, que consiguen escolarizar a sus hijos en el colegio, perjudica a otros, que quieren tenerlos al lado de su casa, en la escuela. El Gobierno tiene que tomar una postura clara. No se puede contentar a todos. Están en juego nuestras escuelas, que son muy importantes en el entorno rural, sobre todo para los primeros años de escolaridad. Se ha venido haciendo, en los últimos años, un gran esfuerzo en el equipamiento y en la mejora de los espacios de estos centros educativos, con la generosa colaboración de los ayuntamientos. Hoy cuentan, en general, con unas aceptables instalaciones, con buenos materiales didácticos e informáticos y con maestros especialistas, tanto fijos como incluso itinerantes. Pero ¿qué va a ocurrir con todos estos recursos si nuestras escoliñas se quedan sin niños y no solamente por las inevitables razones demográficas?