VIGO TIENE muchas fortunas, y quienes en ella vivimos nos sentimos afortunados. No es ciudad de vida plácida y apaciguada de tensiones, y ello la hace caótica y vital. Tiene ciudadanos, poderes fácticos, trabajadores, empresarios, comerciantes, promotores, y políticos. También políticos. Tiene Concello y corporación municipal, también alcaldesa, o alcaldes. Se mueve entre la reivindicación, el victimismo y a veces la bronca. Algunos defienden para ella el modelo Manhattan y otros ven duplicar su población en los próximos años. La duda deriva de ese objetivo, 300.000 habitantes, de cuanto político u organización se precie de viguista, para el que siempre faltan unos pocos de miles. Se desconoce si todo ello son sueños de la razón -aquellos que producen monstruos- o previsiones objetivas. Pero Vigo, el municipal, el construible, el urbanizable, tiene otra singularidad: la ilegalidad vigente. Una anomalía política, empresarial y ciudadana llevada con pasmosa resignación y fatalismo por nosotros los vecinos. Salvo algunos, dignos siempre de toda sospecha, que insistentemente confían en la Justicia y denuncian. La paradoja reside, otra singularidad de Vigo, en que hasta el Tribunal Supremo les da la razón y sus denuncias devienen en sentencias firmes de derribo. Pero no se asombren, no se ejecutan. Tampoco el entramado social y ciudadano se altera, ni los responsables incurren en responsabilidad. Por eso entiendo que toda esta estrategia de ilegalidad vigente debiera ser aprovechada en nuestro beneficio y para ello sugiero que al igual que otras ciudades tienen singularidades, como el Guggenheim o la Ciudad de la Cultura, los vigueses debemos singularizar nuestro Entramado de Edificios Ilegales (EEI) con un monolito y placa en el que consten nombres de ediles y alcaldes que los posibilitaron con su voto a favor, de quienes los promovieron y también, para escarnio, el de aquéllos que se opusieron. Sin gran coste y esfuerzo este EEI pondrá en valor nuestro patrimonio singular, evitará retorcer los nuevos planeamientos urbanísticos para legalizar a posteriori lo que tan arduo resultó que fuera ilegal, y satisfará las ansias de los vecinos, alcaldes y ediles, de singularidad posmoderna.