HA TENIDO que ser el marmitón, ya que no quedan grumetes, el que tomara las decisiones. El marmitón que es quien realiza los más humildes oficios en la cocina de un barco, pelando patatas y lavando las perolas, ha tenido que ser el que dijera lo que había que hacer. El aprendiz de todo y maestro de nada debió de ser el que decidió que primero vamos hacia allá y después hacia acá, y volvemos a donde estábamos, aunque es mejor regresar adonde íbamos. Porque aquí estamos, como hace un siglo. Como si no hubiésemos aprendido de experiencias anteriores. Como si fuera la primera vez que se nos estropea un barco ahí enfrente y nos mete en un aprieto. Estamos desorientados como el niño que descubre el mar y no sabe si tirarse de cabeza, meter un pie o escaparse corriendo. Que es lo que nos pasó hace poco más de cuatro años, con la única diferencia de que de esta vez nadie estaba de cacería, aunque pueda parecerlo, ni la carga es tan peligrosa, ni se armó la que entonces se armó. Pero hemos hecho más o menos lo mismo, aunque nos hartamos de decir que a nosotros no nos pasaría lo que les pasó a ellos. Primero decidimos acercarlo, luego alejarlo; más tarde dejar que siga su rumbo, pero casi mejor lo volvemos a traer cerca de tierra, porque tampoco tenemos muy claro lo que hay que hacer. Así que mientras lo paseamos de aquí para allá, van pasando los días y la carga se va evaporando, que es lo que nos interesa. Visto lo visto un servidor tiene una teoría. Alguien del comité de crisis tuvo la feliz idea de proponer hacer lo que dijera el marmitón. Y el pobre marmitón, mientras pelaba las patatas, dijo que rumbo noroeste. Aunque al rato, al tiempo que fregaba los platos, lo pensó mejor y dijo que rumbo suroeste. Y así estamos, esperando lo que decida el marmitón, que debe de ser el que más sabe de navegación de cuantos intervienen en esta comparsa.