La muralla

OPINIÓN

CADA DÍA más aislados, a base de moverse en el coche oficial y realimentar su discurso en contacto con los afines y en los mítines del fin de semana, elevan cada día más la muralla levantada frente al adversario y emplazan nuevas piezas de artillería para el bombardeo continuo en que han convertido la relación. Cortan los puentes del diálogo, aunque suponga paralizar la renovación de instituciones, a las que trasladan su pobre visión bipolar, y cerrar sus ventanas a las voces de la calle, que reclaman el normal funcionamiento de los instrumentos del Estado. Están elevando tanto sus murallas que cada vez les cuesta más escuchar las voces llanas de la calle. No les hacen reflexionar, al menos por ahora, ni las llamadas al pacto y la negociación a varias bandas que les llegan, cada vez con más frecuencia, de sectores sociales directamente afectados por la sordera y la incomunicación que imponen sus murallas. Ni se percatan, aun, del riesgo que corren de que quienes están en la calle, hartos de murallas, acaben por volverles la espalda y dar pie a un relevo a gran escala.