Vigilar al sospechoso

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

HAY ocasiones en las que la separación de poderes también consiste en la diferencia entre quienes pueden y quienes no pueden, entre los que hacen y los que no hacen. Por los alrededores de unos y otros se mueven los que ni pueden ni hacen, y siempre hay algún círculo vicioso por el que divagan aquéllos a los que no deja de llenárseles la boca con lo que podrían o están dispuestos a hacer y etcétera. Por fin, y entre estos últimos, es decir, entre los afectados por el etcétera, se encuentra algún ministro del Interior tan imaginativo como el que acaba de anunciar que las fuerzas de seguridad que dirige someterán a vigilancia a los sospechosos de prender fuego al monte. Lo dijo delante del presidente Emilio Pérez Touriño, del conselleiro de Medio Rural, Alfredo Suárez Canal, y del delegado del Gobierno, Manuel Ameijeiras, quienes, al oírle decir lo que decía, pusieron, sin duda, cara de circunstancias, que es para lo que sirven ciertos actos de presencia. Quiero decir que las palabras del ministro causaron sensación. Pocas veces algo tan decisivo se ha dicho de un modo tan contundente como aviso a navegantes, al igual que estimulante para un buen número de personas afectadas de algún tipo de peligro o amenaza. Así, por ejemplo, cabe suponer que las fuerzas de seguridad se pondrán de inmediato a vigilar a todos los sospechosos de maltrato conyugal, así como a los que susciten cualquier sospecha de incurrir en el homicidio o en el asesinato llegado el caso a un punto extremo. Otrosí vigilarán a los sospechosos de atraco a mano armada, por ejemplo, a sucursales bancarias, joyerías y demás, sin que semejante entrega signifique merma alguna al respecto de la vigilancia a la que han de quedar sometidos todos los sospechosos de fraude en la variada gama que va del filatélico al municipal y urbano, y sin perder de vista ni quitársela de encima a cuantos infundan sospechas de dar gato por liebre. Todos cuantos, en fin, dan nutriente a la sospecha, ya sea por la ropa, ya por el ademán o el visaje. La ocurrencia sería de mucha risa si no fuera porque los subalternos de quien tanto promete no han sabido controlar las acciones de un etarra malnutrido y atado a la cama de un hospital, que contactó con un periodista y posó para un fotógrafo. El etarra, el periodista y el fotógrafo cumplieron cada cual con su trabajo, con su cometido y propósito. No se puede decir lo mismo de quienes lo vigilaban ni de la cadena de mando responsable, y se ignora si entre los concernidos hay alguno dispuesto a dimitir por la pifia. Sí se ha sabido que las cámaras de seguridad del hospital no funcionan desde el 2002 y que a la novia del etarra nadie la cachea cuando va a verle. Somos pobres y necios, pero unos caballeros.