LUÍS VENTOSO
08 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.ANIMADOS por los emigrantes gallegos, que retornan a su tierra para disfrutar de las generosas pensiones de la Confederación Helvética, Heidi y su abuelo deciden dejar Suiza y asentarse en Galicia. Suiza tiene un nivel de vida elevadísimo, pero aún así, está muy lejos de las prestaciones de la Xunta. Acostumbrados a su rústica cabaña de los Alpes, Heidi y su abuelo se maravillan cuando descubren que en Galicia, gracias a la Consellería de Vivenda, pueden optar a una Casa de Madeira Nobre Galega de Protección Autonómica. Ahora toca escolarizar a Heidi. La pequeña suiza ingresa en una galescola, donde se impregna de nuestra fértil tradición y se integra con soltura, merced al Mandilón Oficial Galego y la Boneca Parlanchina Galega. La dicha de los Heidi se torna absoluta cuando en un Encontro cos Nosos Maiores, el abuelo es informado por Superpiñeiro de que si decide ir a una residencia, dispondrá también de su mandilón nacional galego. Aquí, además, se hace justicia. La señorita Rotemmeyer, paradigma de la villanía, intenta entrar como profe en las galescolas. Incapaz de redactar los informes en normativo, purga su perfidia en el paro. Por desgracia, la adaptación resulta difícil para Pedro el cabrero, el fiel amigo de Heidi. Galicia ha sobrepasado su cuota láctea y ya no hay mercado para sus quesos. Pedro medita entrar en el pujante contrabando de leche negra. Pero Galicia es la tierra de las oportunidades. Cuando ya está agobiadísmo, ve un anuncio: «La Consellería de Cultura busca cabreros para el Pabellón dos Queixos do Mundo del monte Gaiás». Pedro ficha por el gran complejo cultural. Lástima que la alegría no dure: el abuelo pilla una neumonía y se tira 14 horas aparcado en un pasillo de Urxencias. Heidi, chica lista, piensa que había que hacer como en Suiza: dar prioridad a las cosas de comer.