Candelarias en la Moncloa

LOIS BLANCO

OPINIÓN

ALREDEDOR de las candelarias, que se celebran el 2 de febrero, el silencio invernal de los pájaros se interrumpe y rompen a trinar para aparearse. Se puede adelantar o retrasar la fecha en función del clima, pero por necesidades biológicas el rito no varía. En los meses previos de unas elecciones, los presidentes de las comunidades visitan la Moncloa para salir por sus televisiones autonómicas con una retórica de conseguidores que tampoco ha cambiado desde la época de González en el Gobierno. Se repitió en el último mandato de Fraga respecto a sus otros tres anteriores, y ahora con Touriño respecto a Fraga. A la Moncloa acudió hace un par de semanas el presidente de Cantabria para anunciar a la salida los compromisos del Gobierno con su comunidad en plena precampaña. Ayer lo hizo Touriño, a quien le sucederán otros responsables autonómicos antes de Semana Santa. El carácter propagandístico de estas reuniones no le resta importancia, pues a todos nos irá mejor si hay unas relaciones fluidas entre el presidente gallego y el nacional (con perdón), como parece en el caso que nos ocupa. Pasada la cita y digerida la agenda que se abordó, hay que hacer un balance positivo de la reunión por su efecto clarificador. En primer lugar, se acabaron los cuentos chinos en torno a los plazos de la velocidad alta ferroviaria. Ya no deberían escucharse más entelequias discursivas fundamentadas en acuerdos parlamentarios y de consejos de ministros incumplidos. La Moncloa asume los hechos tozudos del ritmo real de ejecución de las obras de Fomento. Así que lo del tren será verdad para bien entrado el próximo decenio, veinte años después que Andalucía. Eso con suerte. Que cada cual reparta culpas como considere. En las instalaciones del viejo Astano seguirá creciendo el moho, pero a cambio se amplía en unos años la carga de trabajo del astillero militar de Navantia para una sexta fragata. Y el Gaiás. Lo de menos es el proyecto por ahora difuso de convertir el monte en cabeza de puente de las relaciones culturales entre España e Iberoamérica. Que Touriño apele al Gobierno central para idear alguna utilidad al complejo revela que el presidente no quiere ser responsable político de la operación de maquillaje que sus socios del BNG, amparados en la intelectualidad adscrita, le han hecho al proyecto de Fraga; las mismas oquedades pero con nombres cambiados. Es un síntoma que permite vislumbrar que, al menos, los dos edificios que están sin comenzar quizá no comiencen nunca. Porque han sido más clarificadoras que propagandísticas, las candelarias monclovitas de Touriño tienen un valor que tantas veces les faltó a las de Fraga.