ESTOS últimos años en el conjunto de la economía española vivimos una duradera fase de crecimiento económico. Quizás uno de sus rasgos más positivos sea la creación de empleo. Para el recién finalizado año 2006 el incremento interanual de los ocupados, según la Encuesta de Población Activa (EPA), ha alcanzado un 3,5% mientras el crecimiento de la producción se estima que se situó en un 3,7%, cifras muy próximas. Para Galicia las estimaciones de crecimiento económico se nos reitera que superarán la media española (con un 3,9%), y, de ser cierto, este resultado no se habría visto transformado en términos de empleo: porque en el año 2006 los ocupados han crecido en Galicia sólo un 2,9%. La conclusión es que, aun creciendo más, en Galicia no fuimos capaces de igualar la media española en creación de empleo. En esto somos los décimos de España. La creación de empleo por parte de una economía tiene dos efectos directos: reducir el paro existente y poder ocupar a una parte de los que se incorporan al mercado de trabajo (por crecimiento de la población, inmigración atraída, emigrantes potenciales que dejan de serlo, mujeres que deciden trabajar fuera del hogar, etcétera, es decir, nueva población activa). Cuando relacionamos la creación de empleo durante un año en relación a esos dos efectos hablamos de la probabilidad de empleo. Pues bien, según la EPA, en el 2006 Galicia con un 24% se situó también en esto por debajo de la media española y muy lejos de una comunidad como Madrid que alcanzó un 38%. Podría pensarse que si bien no presentamos un mejor balance cuantitativo quizás sea porque sí es mejor en términos cualitativos. Para la economía española en su conjunto se considera excesiva la dependencia del crecimiento (de la producción y del empleo) de las actividades de construcción e inmobiliarias. En el conjunto de España esa dependencia directa, según la EPA, se resume en que de cada 100 ocupados nuevos 29 lo fueron en la construcción; para Galicia se resume en 38 de cada 100. La economía del ladrillo -que se asume ya como poco sostenible- fue bastante más determinante en Galicia. No sería este un rasgo de calidad. Pero quizás haya que buscar la calidad en el empleo industrial. No ciertamente porque sean esas las actividades que más empleo hayan generado en Galicia (con apenas 13 de cada 100 nuevos ocupados de 2006, frente a los 38 en la construcción) sino porque, si son muy competitivas, nos permiten crecer en los mercados exteriores. Y para ser competitivas se supone que es mejor aumentar el empleo en ramas de nivel tecnológico alto o medio-alto (automoción, naval, química) que en ramas de nivel tecnológico bajo o medio-bajo (alimentos, madera, minerales, metálicos). Pues bien de aquellos 13 nuevos empleos industriales gallegos, sólo 4 lo fueron en las primeras y los otros 9 en las segundas. En estas condiciones se nos dice que fuimos los segundos de España (medalla de plata en el 2006) por haber reducido el paro en cifras absolutas en 11.800 personas, sólo por detrás de Andalucía. Si ese resultado no se debe a una mejor creación de empleo -en cantidad y calidad- que el obtenido por muchas otras regiones, mi consejo es dudar mucho de la aleación y pureza de esa medalla.