RECIENTEMENTE tuve ocasión de visitar la sede de la Alianza Atlántica en Bruselas. La nueva OTAN tiene poco que ver con aquella que estaba preparada para la defensa de Europa occidental, amenazada por el poderoso Pacto de Varsovia durante la guerra fría, desde 1949 hasta la caída del muro de Berlín en 1989. Ahora, sin las amenazas militares a gran escala, la OTAN está dedicada a extender la seguridad por dos grandes vías: la cooperación política y militar, y el envío de fuerzas de paz, con mandato de la ONU. La cooperación político-militar alcanza dimensiones imposible de imaginar hace dos décadas. Hoy colaboran con la OTAN rusos, ucranianos, japoneses y argentinos... La OTAN ha integrado a antiguos países del Este europeo, como Polonia o Lituania y tiene en marcha actividades múltiples, desde Irak, donde entrenan al nuevo Ejército, hasta el Mediterráneo, protegiendo el tráfico marítimo contra el terrorismo. En noviembre, la OTAN se reunió en Riga al máximo nivel de los 26 países miembros. Allí se comprometieron firmemente a la reconstrucción de Afganistán y aprobaron la nueva estrategia del organismo para hacer frente al terrorismo y a la proliferación de armas de destrucción masiva. En estos momentos, está proporcionando seguridad en Kosovo, en Afganistán, en el Mediterráneo, en Sarajevo, en Irak y en Sudán, con un contingente de 50.000 hombres y mujeres dedicados a construir la paz y la estabilidad. Hay problemas, especialmente en Afganistán, donde se espera una ofensiva de los talibanes y Al Qaida. De esto se hablará la próxima semana en Sevilla.