«MÁS VALE no pretender calcular lo incalculable». De esta manera resumía el gran pensador liberal Isaiah Berlin su profunda disección de los reiterados experimentos de ingeniería social basados en ideas redentoras a lo largo del siglo XX. Experimentos políticos y económicos gravemente fracasados que, en algunos casos, dejaron tras de sí un rastro de sangre y fuego. En esencia, el fenómeno consistió en la definición de políticas pretendidamente óptimas y de validez universal, basadas en sofisticados argumentos teóricos, pero en general concretadas en recetarios de medidas más bien simples. Lejos de moderarse, a lo largo de los últimos 25 años esa forma de concebir las políticas públicas se vio impulsada; en el ámbito de la economía, desde luego, pero también en otros, como señaladamente en las apuestas estratégicas de política exterior (porque ¿cómo si no en esos términos cabe juzgar el protagonismo en la escena mundial de los neocon y sus propuestas «sin complejos», inicialmente rutilantes y, a la vista de sus resultados, patéticas?). Arreglarlo todo, de una vez y para siempre: aplicándolo a la economía, otro de los grandes pensadores sociales de las últimas décadas, Albert Hirschman, calificó esa peligrosa manía fundamentalista como la rage de vouloir conclure, en hermosa frase tomada de Flaubert. Porque es en el campo de las políticas económicas donde el fenómeno se ha hecho más visible. Primero, durante los años ochenta, en los países industrializados, en donde las necesidades de revertir los problemas de creciente ineficiencia e inestabilidad macroeconómica llevaron a los excesos doctrinarios del thacherismo -que dejó heridas aún no cicatrizadas del todo en la sociedad británica- o la reaganomics. Más tarde -desde 1990-, y con mayor carga letal, el llamado Consenso de Washington extendió el uso de recetas ultraliberalizadoras a un gran número de países en desarrollo, los cuales, sencillamente, no estaban en condiciones de aplicarlos sin sufrir graves desestabilizaciones. Los efectos perversos de esas políticas se mostraron sobre todo en la generalización de crisis financieras, la más característica y grave de las cuales fue la argentina (ejemplo absoluto de experimentación política irresponsable a partir de una interesante idea teórica: el anclaje monetario). Con el apoyo de organismos como el FMI, mucho de todo ello sigue vigente, pero hoy la novedad está en el creciente número de países que se van apartando de esas fórmulas (sin caer en sus contrarias, a la Chávez). El Brasil de Lula o el Chile de Bachelet son algunos de los ejemplos posibles de políticas económicas pragmáticas, que poco quieren saber del mundo perfecto que ofrecen los recetarios.