ES DIFÍCIL que España mire al noroeste. No me refiero, claro está, a la España que veranea por aquí, disfruta del godello y de las nécoras y se extasía ante ese cuento de la Galicia distinta, actualización posmoderna de las meigas, la Santa Compaña o el inefable Xan das Bolas. Hablo de la España política, para la que -salvo en período electoral- sólo existen Madrid, el País Vasco, Cataluña y, quizás, Andalucía. Todo lo demás es terreno de conquista, al que hay que molestarse en acudir de vez en cuando a cuidar el huerto de los votos y a acariciar, como a los niños, a los políticos locales y autonómicos, siempre solícitos con las gentes importantes. Hubo un día hace más de cuatro años, sin embargo, en que ese esquema se rompió y Galicia se situó, de pronto, en el centro de la escena. Como el de los humildes, que sólo salen en las fotos cuando sufren descalabros, nuestro protagonismo nació entonces de una desgracia de inconmensurables proporciones: la desgracia del Prestige. Fue así como dejamos de brillar por nuestra ausencia y pasamos a hacerlo por una presencia que tenía el agrio olor del chapapote. Paradojas de la vida: el color negro del petróleo cubrió playas, costas y pinares, pero nos sacó a la luz como nunca en nuestra historia. La catástrofe resultó sólo comparable a la impericia con que fue mal administrada por los Gobiernos autonómico y central del Partido Popular. Tanta impericia que los responsables del monumental desaguisado quisieron acallar su mala conciencia, y nuestro cabreo sideral, no con un acto de caridad, sino con uno de justicia: lo que pronto habría de llamarse el Plan Galicia. ¿Qué hubiera hecho una clase política sensata ante un plan fabuloso de inversiones que podía haber corregido años de abandono? Pues ponerse tras él como una sola persona a exigir que lo real se hiciese efectivo y lo virtual se convirtiese en realidad. ¿Qué hizo la gallega? Pues entrar en un arrancamoños entre los tres grandes partidos de Galicia, obsesionado el uno -el del Gobierno- con sacar del asunto la mayor tajada electoral, y obsesionados los otros dos -los de la oposición- por evitar que el éxito del Plan pudiese ser como el bálsamo de la resurrección para una Xunta que parecía desahuciada. Y así, con la excepción de algunos sectores de la propia sociedad -de un modo especial, de este diario y su editor, que han hablado más del Plan Galicia que los tres líderes gallegos a la vez-, aquél ha venido a estar en la situación calamitosa de la que hoy se informa en estas páginas y que podría resumirse con un dicho celebérrimo: que entre todos lo mataron y él, solito, se murió.