UN EXPERIMENTADO político, astuto y siempre relevante, me comentaba recientemente su perplejidad ante el devenir de la política. La cosa de la política, la llamo yo: indefinida. Definir, señalan los clásicos como Cervantes o García Márquez, es siempre una pérdida de tiempo: lo importante es revelar, descubrir, agrandar. Mi amigo político dijo que vivimos malos tiempos, los peores. Es perro viejo y uno sabe que en la política sólo los perros viejos poseen la virtud de la hermenéutica. Interpretar la política no es fácil: siempre resulta que todas las interpretaciones parecen válidas, pero no lo son. Juventud y política son realidades antónimas, verbigracia. Igual que son antónimas la facultad del populismo y la facultad del rigor: la imagen y la eficacia. El político anónimo me decía que a más del cincuenta por ciento de los políticos actuales no se le conoce otra profesión que no sea la política, que los partidos son los viveros de estos profesionales y que estos profesionales, en consecuencia, sirven a los partidos y no sirven a la sociedad. Los partidos los «colocan», y ellos corresponden a la generosidad de los partidos. Es una interpretación lúcida que yo deseo compartir y sobre la que deseo reflexionar. La política no debe seguir por estos derroteros. Los partidos deben de servirlo a usted, señora o señor ciudadano. Deben estar a su servicio porque usted los paga. La política se ha vuelto torpe. Y cuando Mariano Rajoy dice que para ser presidente del Gobierno se debe exigir algo más que 18 años y ser español, está pronunciando una tautología que, involuntariamente, también lo engloba a él. Es una frase grave, como es grave todo lo que sucede en esta esquina, el Noroeste. Que se junten los tres hombres fuertes de la política y que no sean capaces de llegar a un acuerdo estatutario es una torpeza. Y torpeza es que el Gobierno bipartito no sepa encarar la cuestión, y torpeza que la oposición posea varas de medir distintas: una para Galicia y otra para el resto del Estado. Torpeza, que nos evalúen por nuestro anecdotario y que se haga de este anecdotario una seña de identidad: las muñecas en gallego, los husos horarios, las lápidas. El pasado domingo, este periódico se pronunciaba a favor de los ciudadanos y, de nuevo, les daba voz. Los ciudadanos fueron claros: ni el Gobierno ni la oposición merecen su confianza. Los políticos hacen oídos sordos y seguirán en lo suyo: justificando la labor de los partidos que los «colocan». Pero los partidos ya no representan a la sociedad. Se representan a sí mismos. Los veinte millones de votos del Pesoe y del Pepé no son los 44 millones de seres que pueblan España. Son menos de la mitad. La política va por un lado y la sociedad va por otro. Dos caminos que se separan cada día más. La «cosa» produce hastío y, como ayer, produce desasosiego. Ustedes suspenden a los políticos y ellos continúan en lo suyo. A lo suyo. Los artistas eran más prácticos. El fracaso los llenaba de lágrimas y desazón. La mayoría dejaban de escribir, o de pintar. Algunos cambiaban de estilo y lograban el éxito, como Cervantes o García Márquez. Ellos sabían qué debían hacer. Los nuestros, encuesta tras encuesta, aún no han aprendido la lección.