Las lágrimas de los indios

PEDRO GONZÁLEZ-TREVIJANO

OPINIÓN

HASTA AHORA teníamos la sensación de que la barbarie terrorista se cebaba, si no de forma exclusiva, sí al menos mayoritariamente en los nacionales; esto es, en los españoles. Nada sorprendente, toda vez que los asesinatos y extorsiones de la banda criminal ETA procuran extender el horror a los que, en tanto que ciudadanos, somos destinatarios preferentes -como actores políticos de la Nación española y de su correlativo Estado- de su odiosa locura totalitaria. Subyugando nuestro ánimo y el de los titulares de las instituciones representativas -deben de maquinar semejantes malhechores- podrán doblegar el férreo fuste de la nación y del Estado. Pero las cosas han cambiado, al hilo del reciente brutal atentado en el aeropuerto de Barajas. La inmigración -el cambio social más relevante de los últimos años- se ha visto tristemente afectada también por los salvajes asesinos. Algo que no debe llamarnos a sorpresa, si se piensa en sus actuales dimensiones, pues ésta supera ya el diez por ciento de la población. Ahora bien, si siempre es estremecedor escuchar el lamento de pena infinita de quienes pierden a sus seres más queridos, al socaire de la bomba o el tiro en la nuca, se nos puso un asfixiante nudo en la garganta al ver las imágenes del velatorio del primero de los dos muertos en su humildísima localidad ecuatoriana. Era hasta difícil respirar al observar las condiciones paupérrimas que habían empujado al trabajador ecuatoriano a abandonar a los suyos y buscar fortuna en España. ¡España es ahora, como antes lo fueron las Américas para nuestros antepasados, el Dorado! Pero su paraíso se ha convertido, por obra de tan abyectos homicidas, en el peor de los infiernos. Un infierno que sus familiares y conciudadanos no alcanzan a comprender. Sólo les ha llegado el rebufo nauseabundo de la bestialidad en una España que se les antojaba acogedora madre y que ahora le devuelve incomprensiblemente a su hijo cadáver. Por ello, los españoles de bien -que somos la inmensa mayoría- nos sentimos hoy como en su día fray Antonio de Montesinos, quien, en la plática de Navidad del lejano año de 1511, denunciaba el mal trato recibido por los indios por parte de algunos conquistadores en la isla de Santo Domingo. La acusación provocaba la convocatoria de una junta especial de teólogos y juristas en Burgos y la promulgación de las Leyes de Burgos. Una defensa de la población indígena en la que destacaría sobremanera, después de él, el dominico Bartolomé de las Casas con la publicación de su Brevísima relación de la destrucción de las Indias. La obra, traducida al inglés y dedicada al mismísimo Cromwell, en el año de 1656, llegaría a las librerías británicas con el título que iniciaba estas páginas: Las lágrimas de los indios. Dicho sea, desde luego, con el mayor respeto y el cariño más fraternal y solidario. Hay pues que atender el sufrimiento, reconfortar y apoyar generosamente a sus allegados. Sólo me temo que hay algo que no podemos hacer. Me refiero a saber contestar, con absoluta certeza, a la pregunta que hacía uno de los familiares de las dos víctimas: «¿Por qué nos han hecho tanto daño?» La única respuesta es que ¡la maldad existe! Frente a ella estamos impelidos, todos juntos, a hacer recaer todo el peso de la ley, que es tanto como decir, detener, condenar y enviar a prisión, a cumplir íntegramente sus penas más severas, a los responsables de tan execrables acciones. Todo lo demás estará bien, y hasta será conveniente, pero no es lo ineludible.