QUIZÁ si el ya longevo Gobierno bipartito hubiera empezado por analizar la situación y diagnosticar fortalezas y debilidades en algunos de nuestros sectores productivos o sociales en el inicio de la legislatura, y esto lo hubiera hecho con la crudeza y la autocrítica que se desprende del documento entregado a la Unión Europea como marco de la actuación a desarrollar en el programa Feder, no estaríamos enredados en la perplejidad que supone encontrarnos de repente con el país de la chapuza y la gotera, frente a una Galicia predicada como lo mejor del mundo por una propaganda de dieciséis años, y aceptada con escasa reflexión y crítica Ese análisis autocrítico nos hubiera ahorrado algunos desagrados y sorpresas cuando, sin cambiar de mimbres y estrategias, escuchábamos que aquello no resuelto y a veces ni siquiera analizado y diagnosticado adecuadamente, se esperaba resolver por el bien conocido sistema de gobierno «en horas veinticuatro de las musas al teatro». Recuerden si no incendios, ordenación del territorio, desastres urbanísticos, piscicultura, vías rápidas, listas de espera, urgencias, saneamiento de las rías y ríos, política fluvial y energética, sistema universitario, ciencia e innovación, ciudad o país de la cultura, población, deslocalización versus galleguidad empresarial, o incluso la intocable ley electoral¿ Añadan o eliminen a su gusto aquello que les haya sorprendido. También nos hubiese evitado perplejidades ante una oposición que, olvidándose que ha sido prolongado gobierno de este país nuestro y de ellos, pregunta ahora por lo que siempre vendió como resuelto: incendios, sanidad o piscicultura y deslocalización empresarial. Cuando todos juntos los vivíamos en su época ya como problema. Tal que ahora. Por eso prefiero que a la Comisión Europea se le haga llegar un análisis certero y poco triunfalista. Análisis que podría también reflejarse en esa publicidad institucional, abundante como siempre, para que dedicara una parte de su esfuerzo a hacernos conocer la realidad. Con lo que se evitaría que una idea, un plan o un proyecto, por el mero hecho de formularlo, se tenga por nueva realidad. Para que no sigamos pensando que estuvimos o ya estamos en un país de las maravillas.