LOS CLÁSICOS, que afinaban mucho sus observaciones, crearon la metáfora del «parto de los montes» para referirse a aquellos asuntos que, prometidos con gran pompa, y gestionados con ruidoso aparato, terminan finalmente en agua de borrajas. Y fue el poeta Horacio, el más grande constructor de frases lapidarias, el que le puso la célebre letra que todos repetimos: «Parturient montes, nascetur ridiculus mus» (están de parto los montes y dan a luz un ridículo ratón). A medida que iban avanzando las negociaciones del Estatuto de nación, y cuando ya era perceptible la aguda miopía de los tres tenores, se afianzaba mi decisión de titular el artículo del día siguiente como «el parto de los montes». Pero el gran fiasco que puso fin a las negociaciones me obligó a modernizar la expresión de Horacio para adaptarla a la triste realidad de la política gallega: estaban de parto los montes, especialmente el Monte Pío, y abortaron, de forma inopinada, ante el asombro de todos los gallegos. Claro que, tal y como iban las cosas, quizá tomaron la decisión acertada. Porque nada bueno cabía esperar de un proyecto que, engendrado sin ilusión, y a rebufo de la chapuza catalana, sólo podía malvivir en una burbuja de mínimos, maquillando su palidez congénita con un sucedáneo de ungüento nacional que bien pudiera correrse -con perdón- con los embates del primer temporal. La nación que somos ya se ha visto. Y todo apunta que, lejos de necesitar con urgencia un nuevo Estatuto, aún nos sobran varias páginas del buen Estatuto que pactamos -entonces sí- en 1980. El pecado original de este abortado proyecto se cometió en la legislatura anterior, cuando Fraga se negó a liderar la reforma y a darle sentido -de mayor a menor- a las políticas de consenso. Después vino -hay que decirlo- el oportunismo del BNG, que, convencido de que la reforma era inexorable, decidió montar sus horcas caudinas y hacer desfilar al PSOE y al PP por debajo de su iniciativa. Y por último llegó el liderazgo impoluto de Pérez Touriño, que, olvidando que se había echado a sus espaldas el objetivo de la reforma, quiso oficiar de hombre bueno entre el BNG y el PP, como si la bondad y el sentido de Estado del PSOE -que va de centro- fuesen incuestionables. El estado normal de la democracia es la controversia. Y el consenso sólo se da en contadas excepciones, favorecido por las circunstancias políticas, por una buena selección de las prioridades y por la coincidencia de actores políticos experimentados y maduros. Y, puesto que nada de eso existía, el objetivo Estatuto sólo estaba alimentado por la fiebre del cambio. Por eso habrá que esperar -¡varios años!- a que lleguen tiempos mejores.