TODO el que práctica el paracaidismo sabe del asunto: lo difícil no es volar, es tomar tierra. Mientras uno está en el aire puede sentir la suave caricia de las nubes, disfrutar de la fantástica visión que da la lejanía y creerse incluso un gorrión. Pero cuando toca aterrizar, ¡ay cuando aterrizar!: o se controla el paracaídas o uno corre el riesgo de pegarse un batacazo. Un batacazo fue lo que se dieron ayer en Monte Pío los líderes de los tres grandes partidos de Galicia. Y es que, como a los paracaidistas, a Feijoo, a Touriño y a Quintana no les fue del todo mal mientras el juego estatutario consistió en volar por la estratosfera de las declaraciones generales. ¡Qué bien se ve todo desde el aire!, debieron de pensar durante todos estos meses de excursión por las nubes de la maravillosa ambigüedad, sin darse cuenta de que, antes o después, tocaba concretar. Concretar, sí, que, indo ao caso, viene a ser como poner pie en la tierra que habitamos los mortales. Esa en la que no es posible decir a uno una cosa y otra a otro o pretender que lo que hoy es verde se convierta mañana en amarillo. A poco que se conozca este país, resulta fácil caer en la cuenta de que la característica política más peculiar del régimen político gallego es la derivada de su sistema de partidos. ¿Por qué? Pues porque Galicia es la única región española en la que los extremos del sistema los marcan el PP y el BNG. Ese es, sobre cualquiera otro, nuestro hecho diferencial más relevante. Hay muchas comunidades en España donde es muy fuerte la derecha, pero en ninguna de ellas es relevante el nacionalismo radical. Y hay otras donde existen sólidos partidos nacionalistas radicales, pero en ellas no pinta nada, o pinta poco, la derecha. Galicia es muy distinta, aunque hasta ahora esa circunstancia haya podido sortearse como consecuencia de un hecho perfectamente obvio: que el Bloque -y sus antecedentes- estaban, de un modo u otro, fuera del sistema. La dificultad de la actual situación deriva así de un hecho extraordinariamente positivo: que el BNG haya dejado de ser una fuerza antisistema para convertirse en una fuerza de gobierno. Ello no elimina, sin embargo, la dificultad objetiva que supone buscar un nuevo texto estatutario de consenso entre dos fuerzas muy distanciadas en el ámbito político e ideológico. ¿Resultará posible salir en el futuro de este impasse ? No lo sé, aunque intuyo que para hacerlo será necesario aceptar un principio que hasta ahora no ha parecido respetarse: el de que el consenso no puede encontrarse sin partir de lo que representa socialmente cada uno de los partidos que lo buscan.