AFIRMAR que «el Tribunal Constitucional tiene en sus manos el futuro de España» puede parecer una exageración de contertulio radiofónico, pero cuando quienes lo dicen son los prestigiosos catedráticos Eduardo García de Enterría y Tomás Ramón Fernández, lo menos que uno puede hacer es reflexionar sobre estos años convulsos y centrífugos. La sentencia de ambos magistrados ha sido reforzada por un grupo de sólidos intelectuales, entre ellos José Varela Ortega, que han alertado sobre el «enloquecido proceso de reformas estatutarias». Todo ello en un acto en el que se presentaba el libro El problema de la vertebración del Estado en España , del no menos reconocido catedrático de Derecho Administrativo Santiago Muñoz Machado, quien, tras apelar también al alto tribunal, lamentó que, en el caso de España, «se trate con una ligereza asombrosa algo que se ha tardado tanto en construir». Esa ligereza de las reformas emprendidas y los tirones conscientes y premeditados que los políticos independentistas llevan dando al Estado desde hace veinticinco años, con la colaboración de varios insensatos de pasividad culpable, ha tenido hasta ahora su punto álgido en el nuevo Estatuto catalán, «instrumento de disenso», a juicio de Varela Ortega, y cuya elaboración «ha constituido un proceso disgregador». Proceso que se manifiesta ya en numerosos aspectos de nuestro diario acontecer, tales como las diferentes fiscalidades y prestaciones sanitarias de los ciudadanos, según en qué autonomía residan, o la erosión de la unidad de mercado, denunciada por instituciones económicas de la solvencia de la CEOE o el Círculo de Empresarios. No otra cosa es, en otro aspecto, la propuesta del vicepresidente de la Xunta, Anxo Quintana, de retrasar la hora en la comunidad gallega con la endeble justificación de que en Galicia sólo se ahorra un 1% en la factura energética, mientras en el resto de España es el 5. Meras patrañas para romper otro nudo de nuestra ancestral malla común y encerrar a todos los gallegos en su casa. Se ve que al angelical Quintana le preocupan mucho los problemas que tienen los habitantes de la raia en sus relaciones con los portugueses y nada los que tendrían los demás gallegos que están en las rayas con Asturias y Castilla y León, o los que todos los días se desplazan desde o hacia Galicia por turismo o trabajo. ¡Ay, el guirigay sin orden ni concierto que preside la vida política española!