EL GOBIERNO socialista portugués ha aplicado al rodaballo la máxima que el movimiento obrero aplicaba a la tierra hasta bien entrado el siglo XX: ¡La tierra para quien la trabaja! Con esa misma lógica (¡el rodaballo para quien lo trabaja!) ha actuado ahora la izquierda instalada en el Ejecutivo de Lisboa, que no ha dejado escapar la ocasión de impulsar la instalación en Portugal de la mayor planta mundial de producción de rodaballo (7.000 toneladas anuales) que proyecta la empresa gallega Pescanova. La cosa no era para menos: la inversión prevista -140 millones de euros- y los puestos de trabajo directos que, según cálculos empresariales, tal inversión acabará por generar -en torno a 350- merecían todos los esfuerzos para llevarse el rodaballo al agua. Esa decisión es consecuencia, al parecer, de la acción -o, mejor, de la inacción- de la Xunta de Galicia, que ha optado por la rutina político-administrativa frente a un proyecto empresarial -emprendedor le gusta decir al presidente Touriño- que exigía todo menos eso. Pues si no están los tiempos para dejarse escapar ninguna iniciativa empresarial seria y solvente, lo están menos todavía cuando aquélla se enmarca en un sector -el de la acuicultura- que es estratégico para la economía de Galicia. Baste con decir que, de haberse construido aquí, como ha venido intentado Pescanova, la planta que emigra a Portugal, Galicia pasaría a ser, con 10.000 toneladas anuales, el mayor productor mundial de rodaballo. Obviamente, la Xunta no ha puesto problemas por capricho. Defendiendo la legalidad, como es su obligación, la Consellería de Pesca se ha negado a autorizar un proyecto que pretendía instalarse en una zona ecológicamente protegida -la de cabo Touriñán-, pero lo ha hecho con una rigidez que no parece tener en cuenta los intereses en juego en el asunto. Uno podría entender esa rigidez a reglamento si la costa gallega fuera la de algunas zonas de Alaska o Canadá, donde se controla incluso la contaminación acústica, pero no cuando hablamos de un país en el que varios ayuntamientos -algunos socialistas- acaban de autorizar, de un plumazo, la construcción en sus riberas de miles de viviendas. Gobernar es ponderar y buscar la solución más justa y adecuada para cohonestar intereses particulares e intereses generales. ¿Ha acertado la Xunta en este caso? No lo parece. Aunque claro, resulta difícil acertar cuando uno de los partidos que la forman se dedica, según acaba de desvelar el portavoz del Partido Socialista, a gobernar por las tardes y hacer oposición por las mañanas. Quizá a Pescanova le tocó turno de mañana... y se marchó.