EL ÚNICO argumento que les quedaba a los que veían con optimismo el proceso de paz era la fe en Zapatero. Los demás -los que creíamos en la necesidad del diálogo, pero dudábamos de su gestión- estábamos estupefactos ante un modo de hacer que, negando los principios de toda negociación, y presumiendo de ello, perseguía un éxito gratuito. Cada vez que mostré mi estupor ante el predominio moral y jurídico del discurso popular -contrario en todo a la negociación-, mientras se insinuaba la existencia de un proceso de diálogo respaldado por el Congreso, recibí mil llamadas que traslucían en mi contra la misma argumentación: el único que tiene todos los datos es Zapatero; el que mejor mide los tiempos y oportunidades es Zapatero; el que conoce en qué estado de necesidad negocia ETA es Zapatero; y el papel desplegado por la vicepresidenta -un disparate estratégico basado en la contradicción entre la teoría y la práctica- está calculado por Zapatero para mantener una puerta abierta al electorado popular. Los datos de la negociación no cuadraban. El tratamiento dado a los interlocutores parecía destinado a contentar a Rajoy. Y las advertencias que llegaban de Batasuna y de ETA eran preocupantes. Pero el Gobierno bloqueó todas esas señales con dos fintas lamentables. La primera fue la filtración de la reunión de Ankara, presentada como una señal inequívoca de que el proceso estaba encarrilado. Y la segunda fue la increíble columpiada de Zapatero cuando, en la víspera del atentado de Barajas, transmitió la sensación de que todo el monte era orégano. El resultado, precipitado por la terrible bomba de ETA, es un fracaso absoluto, que no sólo deja al presidente con el culo al aire, sino que refuerza hasta el extremo el discurso alternativo. Por eso hace muy mal Zapatero al retardar el reconocimiento de su fracaso personal. Por eso son ridículas las poses de vacua fortaleza que le recomiendan sus asesores. Por eso no queda más opción de consenso que una vuelta -estratégicamente indeseable- al pacto antiterrorista. El retroceso provocado por la bomba de Barajas nos aboca otra vez a las condenas grandilocuentes y estériles, a los escuálidos y oficialistas minutos de silencio, a pésames y entierros que, en vez de acabar con un responso, acaban con la letanía del Estado de derecho y con la socorrida profecía de que los vamos a meter a todos en la cárcel. Todo esto mientras se trata de reconstruir el ambiente para una nueva negociación. Claro que antes de que este ambiente renazca pasarán varios años y docenas de crímenes. Y mucho me temo que la próxima negociación ya no la harán Zapatero y el PSOE, sino -porque la historia se repite- el Partido Popular.