ES un propósito para el nuevo año. Una niña pequeña se quiso poner una matrícula de honor a sí misma en unos ejercicios. Lo escribió mal y se puso una matrícula de soñar. Dio con la metáfora perfecta. Eso es leer: una matrícula de soñar. Yo empecé con los Astérix. Enfermaba a propósito para quedarme en la cama y caerme en la poción mágica de la aldea invencible. Están locos estos romanos. Luego, Tintín, que ahora está de aniversario, y el vocabulario soez del capitán Haddock. Más tarde, para qué mentir si la basura sale siempre a flote, gozaba de lo lindo con los cómics de hazañas bélicas, a tiros por la selva birmana. También mercenario y sanguinario con Corto Maltés. Llegarían la bruma de misterio de los tres investigadores y Tom Sawyer junto a Huckleberry Finn, leídos conteniendo la respiración bajo las sábanas. Mis hermanos mayores hicieron el siguiente trabajo. Descubrirme a lo bestia la hermosa vía láctea de la literatura, una galaxia de autores: Gaston Lerroux, London, Conrad, por supuesto, Stevenson... Las palabras mayores de Kafka, Hemingway, El principito. El tiempo ganado con Proust. El exquisito Gatopardo de Lampedusa. Y no pude parar hasta hoy, que ya sé distinguir que no hay nada como los clásicos. Que todo, todo está en los libros, en la música, en el cine, el de verdad, a blanco y negro. O sea, en los sueños. Ya sé distinguir que el mundo se ensancha con un horizonte de letras. Como el que abre La Voz cada mañana desde hace 125 años (lo celebraremos este jueves). Se escribe pronto esta frase, pero se tarda 125 años enamorados de Galicia en hacerla realidad. No dejen de leer, de leernos. La lectura de libros y de prensa nos hace más libres. No es una cita, es un compromiso. Con un libro o un periódico en la mano, es mentira el título de Gabo: nunca estaremos cien años solos.