«Ay, mi niño»


APARECE en el telediario el doctor García Sabrido, jefe de cirugía del Gregorio Marañón de Madrid, que ha examinado a Fidel Castro en La Habana, y declara que el presidente cubano no padece cáncer y se está recuperando. Por tanto, no hay que descartar que vuelva al poder. Como la televisión es, sobre todo, velocidad supersónica, sin tiempo para asimilar estas declaraciones del doctor, vemos en la playa canaria de Maspalomas un grupo de personas en torno a un cadáver. Es el de J.?S.?G.?Q., de 30 años. Este ciudadano asestó presuntamente dieciséis puñaladas a su pareja en presencia de los hijos de ambos, de 10 y 9 años. Las heridas en tronco y extremidades fueron superficiales y la vida de la mujer no corre peligro. La noticia televisiva nos ofrece la llegada de la madre al lugar donde yace su hijo muerto y se oyen estas lastimeras palabras: «Ay, mi niño». ¿Qué podemos sentir ante esta escena? En primer lugar, compasión por la madre. Si es terrorífico ver muertos a los padres, ¿qué tiene que ser ver muerto a un hijo? Y también por el muerto; ¿qué se puede sentir si no piedad? Ha muerto y con ello ha pagado su presunta agresión. Pero también al instante la mente vuela al cuerpo herido de esa mujer, y aquí ya se siente, junto con la piedad por ella, la indignación contra el agresor, por muy muerto que pueda estar.El «Ay, mi niño» de esta madre, al cruzarse con la noticia sobre la enfermedad de Fidel Castro, crea un efecto tragicómico. Fidel es un tirano cuyos crímenes tienen bula. Castro le cae simpático incluso a un político tan conservador como Fraga. Castro es, sí, un tirano. Pero incluso algunos que condenamos sus crímenes quizá podríamos decirle: «Ay, mi niñito gallego». Castro y Julio César son dictadores que caen simpáticos. Aunque a Castro no parece que lo amen mucho los cubanos de Miami.

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