Mínimos compartidos sobre cómo morir


A PESAR de los diversos intentos que se han realizado en los últimos años, el debate sobre la eutanasia sigue más vivo y encendido que nunca, dentro y fuera de nuestro país. La muerte en Italia de Piergiorgio Welby así lo evidencia. Y, desgraciadamente, a pesar de esos esfuerzos por conciliar posturas, el análisis sigue polarizado entre las asociaciones pro elección (que defienden la legitimidad de toda intervención que tienda a aliviar el sufrimiento, aunque implique matar al paciente) y, por otro lado, los grupos pro vida (que niegan legitimidad a toda intervención que acorte la vida del enfermo). Es necesario y urgente encontrar unos mínimos compartidos: entre lo blanco y lo negro hay una amplia gana de tonalidades grises¿ Hay que reconocer de una vez por todas que algunas acciones que acortan la vida deben prohibirse, mientras que otras deben ser permitidas.Lo que pedía Welby no puede ser denominado eutanasia, salvo que pretendamos emponzoñar aún más el debate social. Sólo renunciaba a un tratamiento que, en su personal criterio, carecía ya de valor. Confieso que desconozco el ordenamiento jurídico italiano. En España la ley estaría de su parte, pues ya el artículo 10 de la Ley General de Sanidad de 1986 reconocía el derecho del paciente a negarse al tratamiento (eso sí, lo castigaba con el alta voluntaria). Esto explica, por ejemplo, que un testigo de Jehová pueda negarse desde entonces a recibir una transfusión de sangre, aun cuando eso le suponga un riesgo vital cierto. Y la Ley de Autonomía del Paciente del 2002 dice en su artículo 2: «El paciente o usuario tiene derecho a decidir libremente, después de recibir la información adecuada, entre las opciones clínicas disponibles. Todo paciente o usuario tiene derecho a negarse al tratamiento». Como recordaba en estas mismas páginas el domingo 17 de diciembre, resulta difícilmente discutible que, en principio, quien debe decidir sobre su vida y su muerte es la propia persona, salvo, claro está, en el caso de provocar un perjuicio en los intereses legítimos de terceras partes. El reconocimiento de esta autonomía fue una de las causas del nacimiento de la bioética en 1970. Cuidar con calidad y velar por una muerte en paz es una de las metas más nobles de las profesiones sanitarias. Retirar un respirador a petición del enfermo debidamente informado es a todas luces una medida éticamente correcta.

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