LA SEÑORA Fernández de la Vega ha comparecido ante los medios de comunicación para asombrar con su personalidad a los que no piensan en nada ni reflexionan sobre lo que dice, y para confundir de forma absoluta a los que intentan entender sus mensajes y obrar en consecuencia. Porque lo que dijo la vicepresidenta es que todas las condiciones que pone Rajoy sobre la cuestión vasca se están cumpliendo a rajatabla, y que no es necesario que repita sus exigencias como si fuese un papagayo. Y eso equivale a decir, sensu contrario, que el resto del Gobierno miente, y que no se está haciendo nada que pueda llevarnos a una paz dialogada. Lo que intuye una gran mayoría de españoles es que la vicepresidenta va de farol -¡gracias a Dios!-, y que el diálogo avanza por cauces de esperanza. Y lo que insinúa Rubalcaba es que se están explorando formas legales para integrar a Batasuna en la política vasca y para rebajar la tensión que amenaza el proceso de paz. Pero lo que vino a decir doña María Teresa es que nada de eso sería lícito, que la razón legal está de parte de Rajoy, y que esa es la única hoja de ruta que contempla el Gobierno. Por eso hay muchos ciudadanos que empiezan a creer que la actitud más moral y confesable es la del PP, que la única posición patriótica es el inmovilismo teorizado por la FAES, y que el Gobierno tiene la obligación de garantizarnos el meollo ideológico que fundamenta la ley de partidos y el inmovilismo político que hemos heredado del pacto antiterrorista. La verdad es que ni Rajoy ni Otegi aceptan la línea discursiva de la vicepresidenta, y que ambos interpretan los mensajes del Gobierno en clave de cambio radical de la política antiterrorista. El PP cree, además, que Zapatero mueve fichas a diario, aunque Batasuna entienda que el Gobierno está preso de una gran contradicción entre lo que propone y lo que dispone. Y por eso se hace inevitable esta sensación de zozobra que impregna el proceso, con uno que exige lo que ya se está haciendo, otro que no reconoce lo que de verdad impulsa, y una opinión pública que se mueve según le cuadra entre la sensación de claudicación o de inmovilismo. Mis amigos del PSOE son casi todos leibnizianos , y están convencidos de que este batiburrillo está genialmente diseñado para que cuadre -¡hale hop!- en el último minuto. Y mis amigos del PP están convencidos de que vamos en una diligencia con caballos desbocados, y que sólo falta el pedrusco que rompa la rueda y nos mande al carajo. En Batasuna no sé lo que piensan. Pero yo estoy convencido de que la paz deseada depende más de las circunstancias y de la providencia que de los políticos. Y eso, como es obvio, pone los pelos de punta.