Los antecedentes de la violencia escolar

MANUEL MENOR CURRÁS

OPINIÓN

PARA entender qué está pasando con la violencia en los centros escolares -no para justificarlo- habría que desmontar la idea de que el ámbito escolar fuera antes un espacio idílico. Sin excluir experiencias individuales contrarias, tres apuntes simbióticos de un pasado reciente no tan ido. Primero fue lo de «la letra con sangre entra». Un tiempo heredado, en que se daban la mano con facilidad una violencia vertical y otra horizontal, como nos hizo recordar La mala educación, de Pedro Almodóvar, o, ya en 1975, la novela de Carlos Casares Xoguetes para un tempo prohibido. La vara de avellano, las copias, orejas de burro, bofetadas, coscorrones y castigos más humillantes aun, forman parte del paisaje sentimental más vívido de la infancia de muchos. La autoritaria disciplina física convivía con la otra forma de miedo, sospecha y delación que nos infundían, de no seguir sus dictados, los colegas que marcaban la sociabilidad escolar, lo meritorio y lo despreciable, como memorializa Luis Antonio de Villena en Mi colegio. Segundo -y no menos violento, por constreñir el uso de razón que supuestamente nos sobrevenía con siete años-, la coacción de la mirada. Leer era peligroso. Para algo se había festejado la quema de libros, que acaba de recordar Manolo Rivas en Os libros arden mal. Profesaban algunos profesores que, de lo suyo, lo sabían todo: ¿para qué tener dudas o intentar saber más? Todo el depósito del saber estaba en «la» enciclopedia, y no precisamente en la de Diderot. Incluso en la universidad de los setenta, si la memoria no reproducía lo enseñado en clase, el pase de curso peligraba ostentosamente. Peor era ser clasificado como «mal chico», categoría que dependía de imponderables heterogéneos y difícil de mover. Toda variante que alterara pautas de pacata corrección o recortado simplismo cognitivo generaba problemas. Tercero: la vida era violenta. Nada contradecía más la burbuja de buen orden retórico en que se adoctrinaba a los pocos que pudieron estudiar que el espectáculo de lo cotidiano. Además del violento silencio «pacífico», trabajos, casas, ser hombre o mujer, noviazgo, hijos, lenguaje, supervivencia, emigración¿ rebosaban condicionantes de autodisciplina corporal y simbólica, de que sólo ligeramente podían escaparse los más fuertes o los más cínicos. Cualquier otro estaba atrapado -como en el Panóptico de Bentham- en una rueda que giraba ruda, monótona e incansable. ¿Nada de todo esto tiene que ver con los modos de lamentar la violencia actual en los centros escolares? Desde luego, el recurso a las hemerotecas para documentar cuánto de este esbozo sea verdad o no y -muy importante- si han crecido o disminuido estas violencias, es imposible: ni siquiera El Caso se hacía eco. Nos habría ayudado a precisar claves interpretativas de nuestra microhistoria cultural de estos últimos setenta años escolares. Y a saber en qué y cuánto hayamos cambiado -y en qué persistimos-, para orientar criterios del presente sin añoranzas vanas.