NO SE SABE a ciencia cierta quién dijo aquello de «después de mí, el diluvio», si fue Luis XV o su indiscreta y bastante malcriada amante, madame de Pompadour. Es una pena esa duda sobre el autor de una frase que ha logrado fortuna en más de un sentido, hecha anhelo en el que se difuminan unas cuantas de las diferencias entre izquierda y derecha, entre dictadura y democracia, y de la que se puede decir que forma parte y expresión de algunos de los fondos más oscuros, resbaladizos y lóbregos de quienes tienen por impulso de sus actos la noble vocación política. Es una cosa bastante natural en ciertos mandatarios con un carácter prediluvial, dispuestos a adornarse con cualquier cosa aunque después de ellos, y gracias a sus adornos, caigan chuzos de punta. Me refiero, más concretamente, a ese muñeco de sí mismo y audaz cantamañanas que es Hugo Chávez, incapaz del más mínimo respeto por quienes lo aprecian en democracia y lo eligen con sus votos. El antiguo golpista está por la vida eterna y en contra de la contingencia; detesta la incertidumbre y conserva incólume su vieja vocación de sodomizar a la democracia. Quiere acabar con todo lo que de transitorio entraña esa concepción de la vida política, y está dispuesto a convertir lo transeúnte de sus instituciones en permanente. Quiere ser presidente de por vida, vitalicio, mientras le quede aliento para autosantificarse: «Hugo Chávez: santo, santo, santo». Y tiempo habrá para que en Venezuela y en el universo bolivariano se haga valer la instrucción de que todas las familias pongan a sus hijos mayores o primogénitos (sin perjuicio de que también lo hagan con los pequeños o benjamines) el nombre de Hugo Chávez, junto con la prohibición de usar el diminutivo que pudiera poner a alguien en el brete de, por ejemplo, avisar para la merienda al grito de «¡Hugochavito, a merendar! ¡No te lo diré dos veces!». Es también muy lógico, todo hay que decirlo, que quien se siente hermano de Fidel Castro, padre de Evo Morales y Espíritu Santo de Simón Bolívar busque ese modo de lograr que nadie le coja vivo que otorga la permanencia en el mandato. Hugo Chávez pide ser presidente para siempre y está dispuesto a buscar el refrendo de toda la ciudadanía, su ciudadanía, para esa ilusión de verse sempiterno, de reconocerse en su principio y no verse en su final. Es un modo de pasar de lo cuantitativo a lo cualitativo, del verde oliva del uniforme al rojo pimienta de la camiseta insurgente para terminar en el púrpura de la túnica imperial. Para terminar o no terminar y evitar, así, el diluvio.