ESPERO no encontrarme con usted en el infierno, señor. Porque los canallas, aun muertos, son canallas todavía. Me duele escribir que no siento su muerte. Pertenezco a un pueblo, el gallego que respeta a sus mayores y los mima. Me han enseñado, en mi pueblo también, que la piedad nos sirve para olvidar el rencor. Mi pueblo no odia, pero ha aprendido a no olvidar. No olvidamos, por ejemplo, a uno como usted. Natural de aquí. Murió en su cama y sin pedir perdón. Le rindieron honores de Estado y los militares, al igual que en su país, le brindaron exequias de honra. Siempre he tenido la intuición de que los militares van por un lado y las exequias por otro, pero son intuiciones de escritor, simplemente. Por eso he dejado las intuiciones mientras mis dedos golpean las teclas, abigarrados. Mis dedos se van a las teclas y luchan para no escribir palabras hirientes, aunque es difícil este trance cuando uno piensa en usted. Hoy he visto en algunos periódicos su retrato. El general erguido, orgulloso. He pensado si no hubiese sido mejor dibujarlo decrépito o muerto. He pensado la canción de Silvio Rodríguez: ojalá que la luna pueda salir sin ti. Y al dictador que nació en mi tierra y que, como usted, hundió las uñas en el alma de España para siempre. Pienso en la Justicia y pido que no se detenga. Que por siempre quede en los libros de la historia la historia verdadera, y no como aquí, donde una cohorte de hagiógrafos pretende restaurar la bondad de Franco. Estamos peleando por recordar. Por no olvidar el dolor, y también pelamos para que el dolor no nos duela más. Cantamos por las noches en vela a Víctor Jara. Y tenemos entre nuestros credos el credo de la utopía. Para que se borren de la faz de la tierra los tipos como usted. Para que la luna pueda salir sin ellos. Ojalá, señor.