EN LOS últimos veinte años, el Bloque experimentó un extraordinario proceso de crecimiento que alcanzó su punto álgido en las elecciones de 1997, en las que superó al Partido Socialista y alcanzó el liderazgo de la oposición. Todo ello fue posible gracias a una situación favorable, a los errores de sus competidores, a una estrategia bien diseñada, una organización dinámica y un liderazgo meritorio. Pero aquello que fue útil para desarrollarse en la oposición se reveló claramente insuficiente para encabezar una alternativa de gobierno. El declive electoral del nacionalismo gallego desde las elecciones del año 2001 no puede atribuirse únicamente a factores externos, sino que tiene relación con sus indefiniciones políticas en temas cruciales, lo que limita su credibilidad y condiciona sus posibilidades de expansión. No parece que la asamblea que el BNG celebró el pasado fin de semana haya resuelto estos problemas. Porque, en efecto, el desarrollo y, sobre todo, el desenlace del cónclave nacionalista, sólo pueden entenderse si persisten relevantes diferencias políticas en su seno, tanto sobre la etiología de la crisis que atraviesa la organización como sobre las alternativas de futuro. Sin embargo, da la impresión de que el verdadero debate ha quedado aplazado hasta después de las elecciones municipales y que el equilibrio de fuerzas resultante es tan provisional como precario. Los datos son elocuentes. La pretendida renovación ha sufrido un serio revés, ha emergido una oposición plural, organizada y convenientemente liderada, que representa el 40% de la organización y, por si esto fuera poco, el portavoz nacional, Anxo Quintana, ha salido seriamente tocado, hasta el punto de que su fuerza en la nueva mayoría, estructurada por la UPG, es prácticamente testimonial. Es evidente, además, que el resultado debilita la posición del Bloque en el Gobierno y no facilita precisamente la negociación para la reforma del Estatuto. En cierta medida, todo lo ocurrido era previsible. Porque no es concebible una auténtica renovación si ésta se basa en una ruptura traumática con la historia. Es tal el peso de la tradición, que incluso cuando aparece algo nuevo en política, si de verdad aspira a una perspectiva de futuro, si quiere ser algo más que una epidérmica erupción pasajera, se siente obligado a recordar el pasado, el mejor pasado. Pero eso es algo que el entorno de Quintana habrá podido constatar este fin de semana. Demostrar que posee un proyecto de gobierno, es decir, de país, es, junto al diseño de un modelo organizativo que prime la convivencia en vez de la confrontación, la gran tarea que tiene pendiente el Bloque. Y es urgente que la aborde, si aspira a ser algo más que una fuerza subalterna que se conforma con realizar la gestión ordinaria en algunas consellerías, asumiendo en el plano de la práctica, aunque no en el retórico, el proyecto de la fuerza hegemónica en la Xunta. Ese es el verdadero dilema que no ha resuelto todavía el Bloque Nacionalista Galego. Y mientras no lo haga no saldrá de la crisis.