Por qué se cae el Estatuto

OPINIÓN

A TORRE VIXÍA

06 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

EL PROYECTO de reforma del Estatuto de Galicia -el famoso «Estatuto de nación»- se cae a pedazos, y todos los discursos que se hacen sobre él suenan a oración fúnebre que precede a un solemne entierro. Lo único que preocupa a nuestros líderes es que no les atribuyamos en primer grado el papel de enterradores. Por eso están en una alocada carrera de reuniones que sólo tiene explicación si se busca dejar muy claro, en cada uno de los casos, que toda la culpa la tienen los otros dos. No tiene razón Pérez Touriño cuando dice que el Estatuto tiene que progresar sobre sucesivas renuncias, porque los únicos acuerdos que se contabilizan en política son los que tienen por objeto un hecho positivo y constructivo, y no los que se obtienen a base de retirar propuestas para avanzar hacia la nada. Tampoco tiene razón Quintana cuando manifiesta que -reproduzco sus palabras- «non podemos seguir mareando á xente», porque hace tiempo que el debate estatutario está reducido a un juego de salón que no preocupa a nadie ni suscita esperanzas en ningún sector, y que sólo entretiene a la cúpula de los partidos en un lamentable juego de posibilismos verbales que no llevan a ninguna parte. Y tampoco tiene razón Núñez Feijoo, porque, siendo la clave necesaria para sacar adelante la reforma, intenta disimular el veto efectivo que pone el PP -por muchas razones explicables y sólo una o dos inexplicables- a este concreto Estatuto que impulsó, al menos en su origen, el BNG. Pero, más allá de estas reflexiones de oportunidad, es evidente que el Estatuto de nación se cae por su falta de autenticidad, porque surge condicionado por la reforma catalana y obligado a compararse con ella, y porque, habiendo mareado la perdiz hasta la saciedad -como dijo el vicepresidente-, estamos obligados a avanzar cuando ya es obvio que todo aquello fue una trapallada, que estamos abocados a inminentes reformas de las reformas, y que todo el debate que rodeó al Estatut de Maragall está más rancio y reseso que la momia de Tutankamón. Así las cosas, teniendo en cuenta que los aspectos técnicos y financieros apenas se han discutido, es mejor recoger el material y enviarlo a Sogama, para esperar un tiempo de sosiego en el que podamos afrontar una reforma que sea propiamente nuestra en términos de oportunidad y materia. Y ese momento no llegará en esta legislatura, con este ambiente y con esta estructura de fuerzas parlamentarias. Nuestra reforma no es urgente, y, lejos de estar perdiendo un tren que no volverá a pasar, es posible que estemos esperando otro convoy en el que un día tendrá que viajar, a buen seguro, la reforma pendiente del Estatuto vasco.