Pero ¿quién puede confiar en estos líderes?

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

«MAS SE compromete ante notario a no gobernar con los populares». Ese era el titular con el que La Voz abría, a cuatro columnas, su sección España hace poco más de un mes: el 17 de octubre, exactamente. Ayer este diario titulaba, también en la misma sección, y también a cuatro columnas, lo que sigue: «CiU no cierra la puerta a apoyar a Rajoy como presidente en el 2008». Por si alguien no tuviera la suficiente información, aclaremos que Mas es el líder máximo de CiU, y los populares son lo mismo que el PP. Y subrayemos, para facilitarle las cuentas al lector, que entre la primera promesa, formalizada a través de la payasada del notario, y la segunda, han transcurrido 43 días: ni uno menos, ni uno más. Podría decirse, por lo tanto, que CiU anuncia ahora justamente lo contrario de lo que hace un suspiro prometió como un tema innegociable y de principios: que no iría con el PP ni a la puerta de la calle. El que lo haga pasada la que, en puridad, ha sido una verdadera cuarentena, no puede considerarse de ningún modo casual. Y es que la primera promesa de Artur Mas, realizada en plena campaña para las elecciones autonómicas, la hacía el interfecto dando por supuesto que CiU tenía asegurada la Generalitat y él su presidencia siempre que lograsen ser primera fuerza en Cataluña. ¿Por qué tal seguridad? Las múltiples declaraciones realizadas por Mas en las últimas semanas hacen pensar que se derivaba del simple hecho de que así se lo había prometido el presidente Rodríguez Zapatero. Tranquilo, pues, con la promesa del dirigente del PSOE, la cosa del notario no era si no un mensaje para el electorado más nacionalista que, convencido de que el PP es la quinta columna españolista, obtenía así la seguridad de que CiU no «traicionaría a Cataluña» arrimándose a Rajoy. Pero hete aquí que, aunque CiU gana las elecciones autonómicas, lo prometido se queda en agua de borrajas, y Mas con dos palmos de narices. Montilla, de acuerdo con Zapatero, o desafiando a Zapatero -que, de momento, no se sabe- se levanta con el santo y la limosna y los nacionalistas se cogen una cabreo de proporciones siderales, lo que les lleva a anunciar posibles pactos de futuro con quienes antes eran tratados por ellos como lo fueron en su día los leprosos. Y todo revestido, por supuesto, de pretendidas razones ideológicas. ¿Que nadie se cree ya ese tipo de razones? Es normal, porque todo parece un juego de pillos donde los electores son tratados, no sólo como tontos, lo que es malo, sino como seres revestidos de la misma moralidad de situación que sus políticos. Lo que es, por cierto, algo peor.