LOS BARÓMETROS sobre índices de popularidad que se publican periódicamente son como el espejito mágico al que se asoman los protagonistas para ver cuál es su imagen. El del CIS, esperado con indisimulada avidez, acaba de emitir su último veredicto. De acuerdo con su misión, refleja subidas y bajadas, que alimentan transitorias euforias y decepciones en los partidarios de los diferentes bandos. Nos enteramos de que Rodríguez Zapatero ha bajado en la apreciación ciudadana. En términos académicos, que ha suspendido su asignatura presidencial. Y, sin embargo, el PSOE sigue siendo el partido más valorado. Un apunte interesante, dado el carácter marcadamente personalista del presidente, tanto en las iniciativas gubernamentales como en el dominio del partido, en lo que se encuentra ayudado por la profesionalidad de un segundo de a bordo, como mandan los cánones de la gobernanza partidaria. La pequeña, pero significativa subida del PP, contrasta con el pertinaz estancamiento de su líder, al que reiteradamente vienen dando suspenso en todas las evaluaciones barométricas. El dato da pie para que se extienda interesadamente la idea de un liderazgo débil, de la que no parecen estar exentos correligionarios propios. Quizá contribuya a explicar la baja calificación el modo en que Rajoy está realizando su labor de jefe de la oposición. La imagen inicial de una persona culta, con sentido del humor y diestro en el ejercicio de una fina ironía, ha quedado suplantada por la de un parlamentario, a quien la seriedad del gesto y hasta el tono del discurso, permiten colgarle la etiqueta de bronco o tremendista. No encaja en la imagen natural de Rajoy el menosprecio del adversario. Una determinada inercia le ha conducido en ocasiones por esa senda, con precedentes que el hoy presidente del Gobierno podrá recordar de cuando se encontraba en la oposición. Resulta muy difícil, sin caer en el cinismo, censurable para la conciencia ciudadana, reunirse para tratar de asuntos de Estado, para pactar, después de descalificaciones a la persona. En el mundo de la comunicación y de la imagen en que vivimos, la que transmite el líder del PP es la de una persona enfadada. Y en esta sociedad, en parte adormecida para lo que son grandes cuestiones que rebasen lo inmediato, resultan inoportunos los bocinazos. Es problema de forma, no de fondo. Iniciativas a las que probablemente se encontró empujado, como la de reunir millones de firmas en defensa de la unidad de España, con un destino parlamentario inviable, colaboran a una impresión de desmesura partidaria. El rumbo hacia el centro es una decisión razonable. Por él transitan quienes se desenvuelven con comodidad en la actual bonanza económica, bajo un Gobierno que ha reafirmado formalmente su ubicación en la izquierda. El presidente Bush pretende reorientarse en aquella dirección. Componer la imagen requiere gestos. Bush ha prescindido de Rumsfeld sin estridencias. Una enseñanza.