TAL ERA la majestad de Felipe II, y tanto poder se manifestaba en la soberbia austeridad del palacio escurialense, que no había nadie capaz de acercarse al soberano sin sentir un temor reverencial que paralizaba los cuerpos y ofuscaba las mentes. Consciente del problema, y administrando con prudencia aquella barrera que aumentaba el mito de su autoridad pero rebajaba la eficiencia de su administración, el propio monarca solía dirigirse a los funcionarios, grandes capitanes y embajadores para pedirles tranquilidad. «Sosegaos», decía el rey. Y todo volvía a funcionar. Por distintos motivos, y muy lejos de aquella majestad que fue sustituida por el uso sucedáneo de automóviles con ocho cilindros, también se nota un gran nerviosismo en los políticos y altos funcionarios de la Xunta. Porque, a base de confundir la opinión con la prensa, los problemas con las protestas y el pueblo con las encuestas, se está generando una forma de gobernar comparable al juego del tenis, en el que la estrategia de devolver la pelota prima sobre cualquier otra acción que pudiese presentarse como alternativa. Por eso sería bueno que alguien con mucha majestad -o presidencialidad, diríamos en este caso- se dedicase a tranquilizar la maquinaria, y saludase a los conselleiros y altos ejecutivos con ese «sosegaos» que permitió gobernar un imperio en el que nunca se ponía el sol. Y no digo esto por mal, sino por bien. Porque a poco más de un año de su toma de posesión, el Gobierno de Touriño está encontrando algunos filones que nos hablan de una Galicia diferente y de un modo distinto de concebir el poder y la Administración, aunque esta percepción se vuelve agua de borrajas en el rebumbio mediático, donde todo suena a puro parcheo y flagrante improvisación. Las nuevas orientaciones en el uso del suelo y la vivienda (Teresa Táboas); la intensa vigilancia de la construcción en la franja costera (María José Caride); la nueva cultura del medio ambiente (Manuel Vázquez); el creciente control de las subvenciones y del gasto (José R. Fernández Antonio), y el intento de diagnosticar el problema forestal de Galicia y sus consecuencias (Suárez Canal) son muestras muy importantes de lo que puede ser una nueva forma de hacer y vivir Galicia. Pero nada de eso se puede concretar si, en el ánimo de demostrar que ya lo hemos arreglado, o que hemos encontrado la piedra filosofal, empezamos a devolver pelotas sin saber a dónde van. La democracia mediática no mejora por sí misma el buen gobierno de las cosas. Y por eso se hace imprescindible que alguien pronuncie la fórmula mágica -«sosegaos»- en los palacios del poder. Porque la impresión actual es sumamente confusa y dispersa.