LA COMISIÓN Interdepartamental de Desenvolvemento Sostible de la Xunta de Galicia recibió para su consideración el pasado mes de junio más de cuarenta medidas con el objetivo de reducir en Galicia las emisiones causantes del efecto invernadero. Una auténtica amenaza para los equilibrios de la biosfera causada en buena medida por nuestro creciente uso de los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas, etcétera). El Informe Stern en el Reino Unido y el documental Una verdad molesta, del ex vicepresidente Al Gore, constituyen aldabonazos recientes en esa dirección. Tal cambio climático -de consecuencias imprevisibles: sequías, inundaciones, deshielos, etcétera- deriva de la incapacidad de la biosfera para absorber todas las sustancias tóxicas que emitimos. Y es, por tanto, una buena noticia que Galicia se incorpore a la primera división en este empeño de reducción de emisiones. Porque ésta es una guerra que también podemos ganar si se suman a ella en cada país, de forma decidida y proactiva, nuestros representantes políticos y nuestros dirigentes empresariales. Conviene ilusionarse en esta tarea, pues contamos con un precedente exitoso. Los países, Gobiernos y empresas del mundo fueron capaces de reducir unas emisiones que ya eran de un millón de toneladas de gases CFC (productos de cloro y bromo, sobre todo) en el año 1988, a cien mil toneladas en el 2000: a la décima parte. Gases que iban de la mano de nuestro consumo creciente de climatizadores, aerosoles, plásticos o plaguicidas. Y se hizo con un coste industrial cercano a los 40.000 millones de dólares y concediendo una moratoria -hasta el 2010- a China, India y Rusia. Un memorable acuerdo del año 1987 en Montreal permitió que -eso sí, diez años más tarde- empezase a detenerse un efecto específico de esos gases: la destrucción de la capa de ozono (aunque también son potentes actores del efecto invernadero). Y que a día de hoy -veinte años después- podamos ya hablar de recuperación paulatina de esa capa. Tampoco fue aquélla una tarea fácil, pues a pesar de que la comunidad científica tenía razones de peso para considerar tal capa como un velo o gasa que nos protegía de los cancerígenos rayos solares UVB, no faltó por aquellas fechas un preclaro secretario de Interior de EE.?UU. (a la sazón un tal míster Donald Hodel y sus asesores científicos) que proclamaban a quienes los quisieran oír que la capa de ozono no era ningún problema «si la gente se pusiera simplemente sombreros de ala ancha y gafas de sol cuando saliera a la calle». Menos mal que su temerario optimismo tecnológico no fue secundado; y así, no haciéndoles ningún caso -y si perseveramos en la tarea- podremos dejar a nuestros hijos y nietos allá por el 2050 la capa de ozono tal como la encontramos en 1980. Habríamos sido -entonces sí- pastores de la biosfera.