CUANDO los políticos crean problemas, en lugar de resolverlos, mala cosa. Cuando, encima, esos problemas no responden a las preocupaciones ciudadanas, aún peor. Pero cuando, además de todo ello, ni siquiera a los políticos les importan de verdad los problemas que ellos mismos han situado, sorprendentemente, en el centro de su agenda, la situación es ya para desternillarse... o, alternativamente, para cogerse un enfado del demonio. Que la cuestión de la eventual definición nacional de nuestra autonomía en el nuevo Estatuto que ahora elabora el Parlamento de Galicia es un conflicto que los políticos, ellos solitos, han creado, es algo que nadie pone en duda. Como tampoco nadie duda que, salvo a un porcentaje ínfimo del cuerpo electoral, tal cuestión se la trae al pairo a los gallegos. ¿También a los políticos? La pregunta no resulta improcedente, pues bien podría darse el caso de que estemos mareando, un día sí y otro también, algo que no le importa a casi nadie, incluidos la mayor parte de los que discuten del asunto, forzados a hacerlo por la sencillísima razón de que, también ellos solitos, se han metido en una trampa de la que desconocen el modo de salir. ¿Le ha sucedido eso al presidente de la Xunta y, en cierto modo también, al líder de los populares de Galicia? Todo indica que eso es lo que les ha sucedido exactamente: que dejándose llevar por una ola que viene desde la costa brava del debate estatutario catalán, impulsada luego por los confusos vientos andaluces, los dirigentes de los dos grandes partidos de Galicia se encuentran hoy en una ratonera de la que han decidido que ha de sacarlos, ¡tachán, tachán...!, el propio Breogán. ¡Ahí es nada!, cómo se las gastan nuestros dirigentes cuando se ven en un aprieto. ¡Mal papel el que Emilio Pérez Touriño y Alberto Núñez Feijoo quieren, sin embargo, otorgarle al padre de la patria!: sacarlo de un himno, donde tiene el tamaño de un gigante y la belleza de un David, y meterlo en un preámbulo legal, donde su figura será de cartón piedra y su volumen, el de las letras de la ley. El traspaso viene a ser para el pobre Breogán algo así como sacarlo del paraíso y encerrarlo en una oficina liquidadora de tasas y tributos. Los diputados del Partido Popular y del PSdeG-PSOE harán finalmente lo que estimen oportuno. Pero meter a Breogán en el barullo sería la prueba palpable e irrefutable de que la cuestión de la nación es sencillamente un embolado que esos partidos no saben cómo quitarse ahora de encima. Lo que resulta fabuloso si se tiene cuenta el hecho cierto de que nadie les ha mandado meterse en un follón del que son, por tanto, exclusivos responsables.