Nuestros delincuentes

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

EL CÉLEBRE criminalista Edmond Locard, conocido como el Sherlock Holmes francés, sostenía que «toda sociedad tiene los delincuentes que se merece». Lo cual, dicho por uno de los pioneros de la criminalística moderna, debería llevar a toda nuestra sociedad a mirarse en el espejo para preguntarse qué delincuencia padece y si en verdad se merece ?por sus fallos, por sus debilidades? los facinerosos que tiene. La cuestión no es baladí porque, cuando uno mira en derredor, ve un panorama desconcertante de variadas fechorías y múltiples malhechores, desde la delincuencia internacional que sufrimos en forma de todo tipo de asaltantes hasta los malos tratos y abusos en domicilios, escuelas o clubes de carretera, cuyas noticias se adueñan con frecuencia de las primeras páginas de los medios informativos. Sumen a ello las operaciones de blanqueo de dinero, los delitos urbanísticos (tan de moda) y otras ilegalidades y verán cómo se ensombrece el paisaje. Todo ello con el añadido del chantaje terrorista de ETA, que mantiene un alto el fuego permanente sin garantías de que no vuelva a las andadas. ¿Es lo que nos merecemos? No, sin duda. Pero es seguro que cierta ingenuidad autocomplaciente nos ha ido situando en el mal camino, es decir, en el camino de darles demasiadas facilidades a los delincuentes. La permisividad y la pasividad sociales se han convertido en los mejores aliados de los transgresores. Y hoy nos llevamos las manos a la cabeza y ya admitimos, con una exagerada desilusión, que en España hay muchas Marbellas y que las bandas extranjeras campean a sus anchas por nuestro país. La realidad no da para tanto. El progresivo enriquecimiento de España ha producido un efecto llamada entre los delincuentes, que se apresuraron a comparecer entre nosotros. Y es cierto que nos han cogido dormidos, a nosotros y a las fuerzas del orden. El despertar ha sido a veces amargo, pero la sociedad no ha perdido la confianza en la policía y la Guardia Civil, que han recibido reconocimientos incluso cuando no fueron suficientemente madrugadoras. Ahora toca intensificar la lucha. Porque es cierto que tenemos demasiados delincuentes, pero también lo es que no nos los merecemos.