TENEMOS la dicha de vivir en un Estado alegre y despreocupado, donde un gobernante puede rematar la obra de ingeniería civil más cara de Europa sin llegar a concretar cuanto le ha costado el alarde al bolsillo público, que somos todos. Tal ha sucedido con la suntuosa terminal T-4 de Barajas. Esta semana, tras una farragosa investigación de meses, el Tribunal de Cuentas ha logrado concretar que el templo de Luxor de la aviación civil nos ha salido por 6.343 millones de euros (vaya: ¡un billón de pesetas!). Cuentan también los auditores que la obra superó un pelín lo previsto: acabó costando mil millones de euros más. Por supuesto, la noticia pasó desapercibida y no ocurrirá absolutamente nada. La T-4 es una virguería suntuosa -y también desmesurada y poco práctica- que lleva la firma de Richard Rogers, el maestro del centro Pompidou y de la sede de la Lloyds en Londres. Todo es monumental, carísimo y efectista. Un alarde de diseño, con el que el presidente Aznar quería impactar en una de las puertas de entrada a aquella España que iba a meter en el G-8. En una de las plantas altas se encuentra un restaurante de decoración apabullante. Es un lugar movido y cosmopolita, en el que zampa gente de medio mundo. En la salida está la caja de pago, con una afable señora regordeta al frente. Un matrimonio de cincuentones indonesios intenta pagar, pero su tarjeta no va. La gentil cajera les explica que necesita otra tarjeta, porque la que le han proporcionado no funciona. Los indonesios ponen cara de tripi. Y es que la empleada de la carísima T-4 se dirige a ellos en fluido castellano, ya que como todo el mundo sabe, el español con acento castizo es una de las lenguas más habladas en Singapur. Museo del Prado. Una de las mayores pinacotecas del planeta. Dos turistas japonesas preguntan en inglés al taquillero sobre cuál es el recorrido aconsejable. El tipo, que no les entiende ni papa, responde con soltura displicente: « Palante , señoras, vayan palante y no se me amontonen aquí». Además de la noticia del Tribunal de Cuentas, esta semana hubo otra también desapercibida: incumpliendo su promesa electoral, el Gobierno de Zapatero renuncia a ampliar las horas lectivas de inglés en la ESO. Un alumno luso recibe tres horas de inglés por semana. Uno español, la mitad. ¿Resultado? En España el inglés, la lengua franca para hacer negocios, sigue siendo ese idioma que estudias toda tu vida para no entender jamás lo que dicen en la CNN en cuanto sale un gringo que habla rápido. Pero quién se va a ocupar de estas menudencias teniendo, como tenemos, los trascendentales debates de la asignatura de Religión y de lo que dice y no dice Arnaldo.