EL PODEROSO Ejército de Israel va camino de convertirse en una panda de asesinos que, unas veces por error y otras porque se siente provocado, dispara contra todo lo que se mueve. Y ya se sabe que lo que más se mueve en una sociedad moderna son los niños, las mujeres que van al mercado y los trabajadores que van a la fábrica. Abrumado por las imágenes, el Gobierno de Israel acaba de escudarse detrás del fallo técnico para explicar la masacre de Beit Hanún, como si pudiese calificarse de error el uso de artillería pesada contra la población civil y el hecho de no disponer de más recurso que la violencia para gestionar un conflicto eterno que está cada día peor. El error no está en el obús que se desvió de su objetivo, sino en el hecho de haber elegido la guerra para resolver un problema que es inherente a la existencia del Estado judío. Por eso hay que clamar contra las explicaciones parciales que tratan de disimular el veneno de la gran operación, y por eso hay que tachar de criminal una guerra que no tiene más enemigo que un pueblo desterrado y hundido en la miseria, al que no se le da ni siquiera la opción de rendirse. Lo que se le pide al pueblo palestino es que se extinga -como los siux y los chirikawas- o que se diluya para siempre en un desierto olvidado. Y para eso se hace una guerra que, bajo el agresivo amparo de Estados Unidos, hace mangas y capirotes con el orden internacional y los derechos humanos, con las resoluciones de la ONU y con los requerimientos -siempre suaves, para no ofender al primo de Zumosol- de la diplomacia europea. Armado con la mejor tecnología, dotado de bombas nucleares y haciendo uso de armamento prohibido, el Ejército israelí sólo tiene enfrente a las mujeres y niños de un pueblo masacrado. Y por eso no dudan en matarlos a cañonazos con la esperanza de provocar una reacción que, astutamente descontextualizada, pueda ser calificada de terrorista, para dejar vía libre a la meticulosa campaña de exterminio del pueblo palestino. Pero estos crímenes no surgen de un error, sino de haber elegido la guerra como instrumento para gobernar el mundo. El crimen es la guerra misma. Y los criminales son todos aquellos que de una forma activa o pasiva la promueven, la toleran o se benefician de ella. Lo de Palestina es una vergüenza histórica para el belicismo americano y para la Europa unida que le sirve de monaguillo. Y, aunque algunos creen vivir en tiempo de esperanza por la reciente derrota electoral de Bush, que nadie se olvide de que el pueblo americano no votó contra la guerra misma, sino contra las guerras perdidas. Por eso son resultados que claman -¡Dios nos libre!- por una guerra victoriosa.