EL DESEMPEÑO de algunos empleos es de una dificultad extrema: presidir un país, dirigir un trasplante de corazón, empuñar el timón de una gran empresa... Pero en principio, presidir un parlamento autonómico de 75 diputados no parece un reto épico, que requiera un talento inaudito. En las democracias engrasadas, los presidentes de los parlamentos tienen clara su función: hacer cumplir el reglamento, intentar mantener la neutralidad para dar voz a todos y, en la medida de lo posible, mantener un perfil bajo y técnico. Se trata de un cargo institucional, que exige alejarse del epíteto y la refriega. Pero en Galicia algo tan sencillo se torna complicado. Tras el rodillo fraguiano, se esperaba oxígeno a raudales en el Parlamento, la plaza donde deben resonar todas las ideas. Sin embargo, la bronca se apodera de la cámara, con la singularidad de que a veces la sal la pone la propia presidenta, teórica árbitro del debate. El martes un diputado del PP comparó a uno del BNG con Josu Ternera. La presidenta le negó al nacionalista una réplica. Anteayer volvió a haber gresca. Esta vez un diputado del PP se sintió aludido por uno del BNG y pidió turno. En casos así, el reglamento deja en manos de la presidencia la decisión de conceder o no una réplica de tres minutos. La presidenta la negó otra vez. Y está en su derecho. ¿Pero no sería más democrático dejar hablar tres minutos a los aludidos que acallarlos? ¿Por qué privar a los gallegos del otro punto de vista? Con sólo 180 segundos se habría mantenido el fair play de un país abierto, como debe ser Galicia. (PD: Nada más perder por goleada, Bush anuncia un encuentro urgente con la nueva presidenta del Congreso, su fierísima opositora Nancy Pelosi. Aquí, el talante y el respeto al adversario son una pose. En las democracias viejas se trata sólo de una obligación básica).