De los delitos filiales

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

02 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

HAY LECTORES de Kavafis o del premio Nobel Coetzee que, a falta de otra ocurrencia, suelen señalar que vivimos esperando a los bárbaros, cuando lo cierto, lo muchísimo más cierto y preciso, es que los bárbaros se encuentran entre nosotros y no son, en modo alguno, gente foránea e intrusa. Muy al contrario, son tan de aquí como para ser de nuestra sangre o de la de nuestros paisanos, y saber bien lo que quieren destruir, con una conciencia del temor y del respeto tan sumamente limitada como los esfuerzos realizados para darles a entender lo que hay que temer y respetar. Malcolm Lowry escribió una novela llamada Bajo el volcán, que comenzaba en la Guerra Civil española y acababa un día de Difuntos en Cuernavaca (México), con su protagonista muerto como un perro bajo un aviso tan relevante como desatendido: «Si le gusta este jardín que es suyo, evite que sus hijos lo destruyan». Si miramos a nuestro alrededor y entre nosotros, puede que nos demos cuenta de lo poco que nos gusta este jardín que tal vez no consideramos nuestro, y de lo mucho que nos enorgullece ver a nuestros hijos destruirlo. Puede ocurrir también que nadie esté ya dispuesto a ejercer una autoridad de la que le pudieran exigir un peaje en afectos y cariño. Es probable que hayamos conseguido una especie de matrícula de honor en chantajes sentimentales. Hace ya tiempo que el padre decidió ser amigo y no padre de su hijo. Hace también mucho tiempo que se aplica la ley para mayor comodidad del usuario y menor incidencia en la ejemplaridad de sus efectos. Aquí hacer el mal es barato, y hasta puede salir gratis. Aquí no es nada raro matar si se hace en casa, o con un coche, o a puñaladas en una taberna. No parece que cunda la noción de que matar está mal, ni el ejemplo de que, además y sobre todo, se paga. Aquí le quitan a uno el carné de conducir por hacerlo borracho, entre otras cosas, y pocos días después lo pillan por conducir fumado además de borracho. El encartado también durmió en su casa esa segunda noche. No hay inconsciencia de lo que se hace. Más bien, al contrario, se tiene la suficiente conciencia del alcance de los hechos como para conservar su imagen grabándola en un móvil. No sólo se hace lo que se hace, sino que se hace para que se sepa que se ha hecho. La voluntad de hacer daño se prolonga en la intención de guardar constancia de lo hecho y de su daño. Un chaval forra a guantazos a un profesor bajo la cámara de su amiga, que toma buena nota de la agresión. Ahora no se delinque con nocturnidad, sino todo lo contrario. Es lo que hacen esas jóvenes canallas que pueden partirle una pierna a una compañera sin que se les corte un pelo. Y no se puede decir que no saben lo que hacen ni que les falten ejemplos a seguir. Ya no causa sorpresa que un padre irrumpa en una escuela para partirle la cara al maestro, o que una madre demuestre lo que quiere a sus hijos pateando a la maestra.